jueves, 18 de junio de 2020

Dios Santo y el Pecado (Parte III)


El pecado y su introducción en los seres humanos.
Los cristianos consideramos a los sucesos que ocasionaron la caída del hombre como sucesos históricos.
El capítulo tres de Génesis nos narra la caída del ser humano y su ruptura con su Creador; Satanás con gran astucia y sutileza impulsa a Eva a transgredir el mandato de Dios, arrastrando a Adán a la desobediencia a Dios. El apóstol Pablo narra que por la desobediencia de un hombre, la humanidad fue constituida pecadora. (Ro. 5:19). Este acto de desobediencia al quebrantarse la relación directa con Dios, trae como consecuencia la muerte y el sufrimiento. El pecado de Adán implicaba un significado único para toda la especie humana (Ro 5:12, 14–19; 1 Co. 15:22).
Podemos establecer que:
(1) El Eterno y Todopoderoso no es autor ni responsable del pecado, la responsabilidad recae netamente en el ser humano, debido que por el intermedio de un hombre entró el pecado a la humanidad trayéndole gravisimas consecuencias y sus efectos han persistido a lo largo de los siglos; entre los efectos principales están: (a) la violenta ruptura de la relación con el Creador, representada en la primera transgresión al mandato de Dios hecha por Adán y Eva (cap. 3 de Génesis). (b) la ruptura violenta de la familia, representada por el asesinato de Abel en mano de hermano Caín (Gn. 4:1-16). (c) la perversión sexual de la sociedad, representada en la cohabitación de los Hijos de Dios con las mujeres de los hombres, contra el orden establecido por el Santo (Gn. 6:1-7). (d)  la confusión cultural y división social, representada en la Torre de Babel, lo seres humanos invaden la esfera divina excediendo los límites asignados por Omnipotente (Gn. 11:1-9).
(2) Dios no castiga al humano por el pecado de Adán, sino que cada uno incurre en su propia culpabilidad (Ez. 18; Ro. 3:9–20).
Tales condiciones trajo trágicas consecuencias a la humanidad: depravación espiritual, inclinación al pecado. (Sal. 14:2-3; Is. 53:6; Ro. 3:10; Gá. 3:10; Jn. 8:44). A la vez la disociación y distanciamiento impacta el interior del ser humano al haberse impedido de glorificar al El Eterno y disfrutar en plenitud bajo la sombra del omnipotente, agravada por la destitución de la Gloria de Dios. (Ro. 11:36; 1 Co. 6:20; 10:31; Sal. 86:9; Ro. 3:23).
Jesucristo da un enfoque diferente al concepto de pecado.
El Maestro Jesús a través de sus enseñanzas y forma de obrar da otro enfoque al concepto del pecado, el cual fue asumido y traspasado por los apóstoles a las noveles comunidades del camino desde sus inicios.
Los principios esenciales de estas enseñanzas consistían: (1) en vez de oprimir a los seres humanos con una serie de mandamientos, preceptos o normas, Jesús motivo a las personas que lo escuchaban (Mt. 15:19; 7:17) a sacar el pecado de sus vidas y a dar buenos frutos delante de Dios. (2) enseño que a través del Amor se podía lograr vencer al pecado (Mr. 12:28; Lc. 7:47), dando ejemplo el mismo que su victoria sobre el pecado es motivada por el amor divino (Jn. 3:16; 13:1). (3) y tal amor de Dios había de motivar y capacitar asimismo a los suyos para vencer el pecado (Ro. 12:8–10; 1 Jn. 4:7–11; Ro. 14:23, la fe actúa siempre por el amor.
Es a la luz de esta manera de ver el pecado que se puede comprender otra novedad del Nuevo Testamento: la relación entre la culpabilidad y el nivel de desarrollo de la conciencia de los fieles (Ro. 14; 1 Co. 8:7–13).
Es notable que Pablo, siguiendo la LXX (Septaguinta), hable del pecado casi exclusivamente en singular, viéndolo como un todo, como una potencia espiritual enemiga de Dios y del hombre al cual Jesucristo ha derrotado. Sin embargo, el Nuevo Testamento advierte a los creyentes sobre una serie de pecados individuales y reconoce que la historia de Cristo está para realizarse por la fe en la vida de cada uno de los suyos (1 Jn. 5:4).

Los resultados o consecuencias colaterales de la caída del hombre.
Las derivaciones impensadas fueron las resultantes de la caída del hombre, en la mente de Eva y Adán, nunca se imaginaron las graves consecuencias de su acción y la durabilidad de ellas. Las que seguirán perdurando hasta que termine la historia o el tiempo de la humanidad.
Los resultados de la caída para Adán y Eva tuvieron efectos inmediatos: (a) perdieron su inocencia. (Gn. 3:7). (b) tuvieron temor de Dios. (Gn. 3:8). (c) fueron expulsados del huerto. (Gn. 3:24). (d) Adán murió espiritualmente el momento de pecar. (Gn. 2:17; Ef. 2:5).
Los Resultados para la humanidad: (a) para las mujeres, dolores en dar a luz y sujetas al marido. (Gn. 3:16). (b) para el hombre, trabajos duros para sustentar la familia. (Gn. 3:17-19, 23). (c) la maldición a la tierra. (Gn. 3:17c). (d) la destitución de la Gloria de Dios (Ro. 3:23). (e) por Adán, todos los hombres son, sentenciados a morir físicamente. (Gn. 3:19; He. 9:27).
Consecuencias colaterales de la caída del hombre: (a) a través de Adán recibimos la naturaleza pecaminosa. (Ro. 5:12).  (b) el resultado de la condición pecaminosa es la muerte. (Ro. 6:23a). (c) muerte espiritual, separación de Dios y los seres humano (Ap. 21:8).
El proceso de degeneramiento y depravación humana, trajo una nueva condición del hombre que se reflejó en la evolución del conocimiento que se manifestó en el sentimiento de culpa y en el esfuerzo de cubrirse de su desnudez, posteriormente en una conciencia acusadora y en el temor hacia Dios. (Gn. 3:7-11)
Como resultado la muerte espiritual y física, trajo consigo un cambio de residencia debido a su expulsión del paraíso, símbolo de la vida plena y de las más grandes bendiciones reservadas para el hombre si hubiera permanecido sin caer. El ser humano actual no es mejor que sus antepasados(Ro. 3:9-18). En este proceso de alejamiento de Dios aun no concluye, la degeneración de su caída lo llevaran a una mente depravada y reprobados en cuanto a su glorificación de Dios tanto exteriores como interiores. (1 Ti. 3:1-9).

¿Cómo se manifiesta o evidencia el pecado?
La manifestación o evidencia del estrago que a causado el pecado lo podemos clasificar bajo los siguiente aspectos:
1)       Hacia Dios: el pecado hacia Dios es, o rebelión o falta de amor. (1 Sa. 15:23; Dt. 6:5).
2)       Hacia la ley divina: el pecado hacia la ley divina (toda la voluntad de Dios revelada) es, o transgresión voluntaria o violación inocente. (Nm. 15:30; Sal. 19:13; Nm. 15:27; He. 9:7).
3)       Hacia el hombre: el pecado hacia el prójimo en último análisis es falta de amor. No los amamos como a nosotros mismos. (Lv. 19:13; Miq. 6:8; Ro. 1:18).
4)       Hacia sí mismo: el pecado hacia sí mismo es o egoísmo o corrupción. (Mt. 16:24; Jn. 12:25; Sal. 51:5; Ro. 7:18).
El pecado esta intrínsecamente ligado a la actitud y el carácter del hombre; de acuerdo con la inclinación de las decisiones que tome puede el ser humano puede estar involucrado en una condición de pecado: hacia Dios, a la ley de Dios o hacia sí mismo. (1) no llevar acabo la voluntad de Dios, por ser obradores de maldad ( Mt. 7:21-23). (2) infraccionar la ley de Dios (1 Jn. 3:4). (3) no tener la suficiente fe (Ro. 14:23). (4) el saber hacer lo bueno y no lo hace. (Stg. 4:17). (5) practicar la injusticia. (1 Jn. 5:17). (6) tener un pensamiento necios (Pr. 24:9). (7) altivez de ojos, orgullo de corazón y pensamiento de impíos. (Pr. 21:4).

¿Cuál es el camino de regreso a las moradas celestiales?
Escuchar la voz del Altísimo que a través del profeta Jeremías esta mas vigente que nunca “Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma.” Y no tener la misma actitud a los cuales fue dirigido inicialmente “Mas dijeron: No andaremos.” (Jer. 6:16).
El ser humano debe dejar la dicotomía de la fe en el servicio de Dios, tomar la decisión ante la disyuntiva de ser hijo de luz o de las tinieblas, actuar con convicción para alcanzar la plenitud de la bendiciones que el Altísimo ha prometido para los que le buscan en espíritu y en verdad. Es imperioso el ser humano que glorifica a Dios y lo honra: (1) procure que todas sus actitudes o decisiones sean acorde a la voluntad de Dios, (He. 13:21; 1 Pe. 4:2; Ef. 6:6; 1 Ts. 4:3-4). (2) lo busque con diligencia estar aprobado delante la presencia de su Creador y Eterno. (2 Ti. 7:15). (3)  mantenga el clamor constante del Rey David cuando dijo “Enséñame a hacer tu voluntad” (Sal. 143:10). (4) se deje guiar por el Espíritu Santo (Jn. 16:13; Ro. 8:14; Ro.12:2).

Oír la voz del Santo ahora que podemos encontrarlo y no sea demasiado tarde,  a través del apóstol Pedro que dijo “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio.” (Hch. 3:19), recordando las palabras del Rey Ezequías “Porque Jehová vuestro Dios es clemente y misericordioso, y no apartará de vosotros su rostro, si vosotros os volviereis a él.” (2 Cro. 30:9b).
Juan Salgado Rioseco

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