miércoles, 6 de marzo de 2013

El temor de Dios



“Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a Aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas.”
Apocalipsis 14:7

En el libro Palabras griegas del Nuevo Testamento, William Barclay escribió: “Eusébeia (la palabra griega que se traduce por devoción piadosa, o temor reverente a Dios), viene de la “raíz que significa temor en presencia de lo que es más que humano, reverencia ante lo que es majestuoso y divino; pero no sólo expresan temor y reverencia, implican también la adoración que conviene con ese temor y la vida de activa obediencia propia de esa actitud reverente. El hecho es que, hasta donde el griego dispone de una palabra para expresar la idea de religión, esa palabra es eusebeia.”

Para Josefo “eusebeia” es lo contrario a “eidololatreia”, que significa idolatría. Eusebeia concede a Dios su justo lugar y lo adora en forma idónea. Platón urge a todos los hombres a la eusebeia para que podamos evitar lo malo y alcanzar el bien, y, así, llegar a ser amigos de Dios (Platón, Symposium 193d).
“Eusébeia” se define además como “una muy práctica consciencia de Dios en todo aspecto de la vida” (The Second Epistle General of Peter and the General Epistle of Jude [La segunda epístola general de Pedro y la epístola general de Judas], por Michael Green).

La palabra de Dios permanentemente nos alienta a andar en el “temor de Dios”, sin embargo, es la enseñanza que menos se enseña en las diversas comunidades cristianas, posiblemente existe una omisión deliberada al respecto, aunque en el génesis de la iglesia fue una enseñanza preeminente, y posteriormente de los primeros predicadores pentecostales. Existen aproximadamente 175 referencias distintas y explícitas con respecto al tema.

El concepto del “temor de Dios” puede sonar contradictorio con la idea de un Dios amoroso y misericordioso, sin embargo, a través de este mensaje que el temor de Dios es esencial para tener un concepto apropiado de Dios, para vivir de una manera digna del Señor y para disfrutar plenamente de la libertad y la vida abundante que Cristo nos ofrece.

En la acción de liberación de Egipto (Éx. 19:1-25; 20:18-20) el pueblo de Israel aprendió a temerle, a servirle y obedecerle con temor y reverencia, y apartarse del pecado.

Moisés se los recuerda décadas después, en Deuteronomio 10:12-13, " Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad? El gran legislador de Israel, está presentando los requerimientos de Dios por medio de verbos activos que hacen referencia a varias actitudes: temas. . . andes. . . ames. . . sirvas. . . guardes. En algunos versos después escribe “A Jehová tu Dios temerás, a él solo servirás, a él seguirás, y por su nombre jurarás. Él es el objeto de tu alabanza, y él es tu Dios, que ha hecho contigo estas cosas grandes y terribles que tus ojos han visto. ” (20, 21). En otras palabras, solamente Dios debe ser objeto de alabanza para Israel. El culto a Jehová forma parte vital de los requerimientos del pacto. Al rendir culto de adoración, el ser humano ofrece una respuesta a Dios desde lo más íntimo de su ser, y pone de manifiesto ante todos el vínculo que lo une a él. Esto implica que los cristianos deberían tener la misma actitud frente a Dios que el pueblo escogido, debido a que somos olivos silvestres, así llegamos a tener parte en la misma raíz y en la misma vida del olivo. (Ro. 11:17).

El “temor de Dios”, trae consecuencias que el hombre no alcanza a dimensionar y beneficios, uno de ellos es Dios enseña a los que le temen, encontramos en Salmo 25:12, "¿Quién es el hombre que teme a Jehová? Él le enseñará el camino que ha de escoger".

Además produce sabiduría, "El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, Y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia.” (Pr. 9:10). La palabra de Dios nos dice que es de más valor que las riquezas: "Mejor es lo poco con el temor de Jehová, que el gran tesoro donde hay turbación". (Pr. 15:16); a los que temen a Dios, provee un refugio para sus hijos, "En el temor de Jehová está la fuerte confianza; y esperanza tendrán sus hijos. El temor de Jehová es manantial de vida para apartarse de los lazos de la muerte". (Pr. 14:26-27).

Lo esencial de un creyente, es que entienda y comprenda que es tener “temor de Dios”, las consecuencias que traen consigo esta actitud y los beneficiosos colaterales que trae consigo. Nuestro Dios es amor, también es un Dios santo, que aborrece el pecado, su deseo es que nunca le seamos infieles, es un Dios celoso, “A Jehová tu Dios temerás, y a él solo servirás, y por su nombre jurarás. No andaréis en pos de dioses ajenos, de los dioses de los pueblos que están en vuestros contornos; porque el Dios celoso, Jehová tu Dios, en medio de ti está; para que no se inflame el furor de Jehová tu Dios contra ti, y te destruya de sobre la tierra.” (Dt. 6:13-15). Debido a que Él es el escoge  y establece relaciones de acuerdo a su voluntad divina, cuyos propósitos son aún inescrutables. (Dt.7:6-11).

¿Qué es el temor de Dios?
El temor a Dios es una actitud de reverencia y respeto hacia Dios, que pasa progresivamente por las siguientes etapas:
·      Una conciencia de que Dios es el dueño de nuestras almas, y tiene el poder de otorgarnos la salvación eterna o condenarnos eternamente en el infierno.
·      Una conciencia de que Dios está permanentemente mirando todo lo que pensamos, decimos y hacemos, y que Él  tiene el poder para premiarnos o castigarnos de acuerdo a nuestra conducta; lo cual nos debería motivar a ser cuidadosos y apartarnos del mal
·      Un deseo consciente y permanente de agradar a Dios en todo lo que hacemos y no ofender Su santidad
·      Un reconocimiento humilde de que Él es Dios y nosotros somos sus criaturas, y por lo tanto, Él es digno de ser temido y reverenciado

El temor de Dios debe estar expresado en la conducta diaria, al pueblo de Israel, les dio leyes para que pudieran expresar el temor de Dios en su conducta diaria, (Lv. 18:1-5; 19:1-4, 11-18, 30-37), cuando nos sometemos a la voluntad de Dios con temor, los beneficios que trae consigo son inmensurables (Pr. 22:4).
El temor de Dios, equivale a odiar el mal (Pr. 8:13), en todas partes se equipara a la sabiduría (9.10) y el conocimiento; por lo tanto, la sabiduría y el conocimiento llevan a aborrecer la maldad. Eso significa que Dios no desea que seamos indiferentes ante el mal, y mucho menos que guardemos en nuestro corazón una atracción íntima hacia el pecado. Lo que Dios desea es producir en nuestros corazones un aborrecimiento profundo hacia el pecado y un amor por hacer lo bueno.

El temor de Dios trae confianza y seguridad a los que andan en integridad. La esperanza (machseh  Dicc. Strong Nº 4268), es un lugar de refugio, protección, una fortaleza; una expectativa; un sitio para guarecerse del mal tiempo. (Pr. 14:26-27)

Consecuencias de rechazar el temor de Dios
“El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.” (Pr. 1:7) 
El adorador en espíritu y en verdad, tiene una conducta permanente de sometimiento a Dios, porque ha moldeado su carácter en el temor de Dios, y su vida está guiada por la sabiduría del Todopoderoso; la sabiduría deja de ser una abstracción y se convierte en un medio de acción para conducir la genuino adorador bajo el amparo del Omnipotente, (Pr. 1:20-33). La Biblia nos enseña, en Santiago 4:6, “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”. Sin embargo debemos entender que en el corazón de Dios no existe el deseo de rechazar a nadie, sino que la persona que no teme a Dios voluntariamente se excluye a sí misma de recibir el favor de Dios, y trae a su vida las consecuencias de su propio pecado.

El temor de Dios en el Nuevo Testamento
¿Qué dijo Jesús sobre el temor de Dios?
Los discípulos de Cristo no deben temer a sus enemigos, cuyo castigo sólo es físico y temporal. Deben reverenciar a Dios, cuyo castigo es definitivo y de eternas consecuencias. (Lc. 12:4, 5). Temer a Dios supone confianza, no terror. Además que nada de lo que sucede a sus testigos, ni aun la muerte, ocurre sin el cuidado providencial de Dios, que se preocupa hasta de los más mínimos detalles de la vida. (Lc. 12. 6, 7)
El suceso de Ananías y Safira sirvió para fundamentar a la iglesia en el temor de Dios y en la obligación de vivir en santidad delante de Dios. (Hch. 5:1-11). Dios utiliza los dones del Espíritu Santo, en especial el de discernimiento y de revelación profética para que los pecados ocultos de la congregación queden descubierto, con el propósito de preservar la santidad de la iglesia, y para que haya en los miembros de la congregación una conciencia de la presencia soberana de Dios en la iglesia. Esto implica temor de Dios, las diversas congregaciones de hoy han descuido los dones del Espíritu Santo, en especial el don de discernimiento, por su forma de liberalismo al servicio de Dios, como resultado el temor de Dios está esta como norma en su conducta diaria, al final traerá la misma condena de Ananías y Safira a los que tienen un comportamiento inadecuado frente a la Santidad de Dios.

Lucas nos entrega en su sumario de Hechos. 9:31, cómo crecía la Iglesia en las primeras décadas de vida: “Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo.”  Aquí vemos la importancia de andar en el temor del Señor, la iglesia del siglo XXI ha perdido su poder, su fortaleza y su crecimiento porque se ha alejado del temor del Señor y no esta fortalecida en el Espíritu Santo, una realidad que no debemos omitir, “La Iglesia perdió el temor a Dios”, es por eso, que no crece, no tiene el poder y la unción del Santo de Dios.

El mensaje apostólico enfatizo el “temor de Dios” para vivir en santidad, así el apóstol Pablo escribió a los fieles de Corinto, “Así pues, queridos hermanos, estas son las promesas que tenemos. Por eso debemos mantenernos limpios de todo lo que pueda mancharnos, tanto en el cuerpo como en el espíritu; y en el temor de Dios procuremos alcanzar una completa santidad.” (2 Co 7:1); a los Filipenses los motivaba a la obediencia con “temor y temblor”, para alcanzar su propia salvación (Fil. 2:12).

El apóstol Pedro, escribía a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, de llevar una vida santa, de conducirlos en temor para tener la certeza de la salvación en el juicio de Dios, (1 Pe. 1:17).

El temor de Dios inspira al creyente a perfeccionar la santidad, debido a que nos hace conscientes de nuestra propia pecaminosidad; un creyente que no siente la necesidad de crecer en santidad, es un pecador que preferido vivir en la carne y las cosas del espíritu no tienen prioridad en su diario vivir, que se ha vuelto complaciente con el pecado.

Para un cristiano que su prioridad es lo espiritual, y “ocuparse de la salvación con temor y temblor”, tienen la convicción de alcanzar la vida eterna, además de crecer en el Señor, nunca pone en riesgo o descuida su salvación. El temor de Dios es el fundamento que inspira la vida en santidad y consagración a Dios. La santidad no es un llamado a unos pocos, sino un mandato de Dios a todos los creyentes.

Otro ejemplo gravitante es la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní, era la que el Padre esperaba y su oración fue escuchada a causa de su temor reverente, esto es, su sumisión respetuosa a la voluntad de Dios. (He. 5:7-9)

Los beneficios de una vida en “temor de Dios” son múltiples, en primer lugar la enseñanza de Dios (Sal. 25:12); produce sabiduría (Pr. 1:7), los que aborrecen la sabiduría, no escogen el temor de Jehová para conducir su vida (Pr. 1:29). “El temor de Jehová es para vida (Pr. 19:23).
El temor a Dios es de más valor que las riquezas (Pr. 15:16), ya que si el produce turbación; el temor a Dios provee un refugio para nuestros hijos. (Pr. 14:26-27); aumenta los días de vida (Pr. 10:27), debido a “El temor de Jehová es limpio que permanece para siempre” (Sal. 19:9), por esta razón, es un deber de cada creyente de someternos “unos a otros en el temor de Dios” (Ef. 5:21).

Y de nuevo en Proverbios 14:27 dice, “El temor de Jehová es manantial de vida, para apartarse de los lazos de la muerte.” Y Proverbios 14:26 declara, “En el temor de Jehová está la fuerte confianza, y esperanza tendrán sus hijos.” En estos versos vemos que el temor del Señor proporciona vida, seguridad para tus hijos, protección del mal, confianza y satisfacción.

El temor de Dios debe ser fomentado, así lo hace las Sagradas Escrituras, a través de diferentes textos bíblicos. La medida de crecimiento de cualquier persona o de cualquier iglesia es el grado hasta el que esa persona o esa iglesia aumenten su temor de Dios. La Biblia habla de Hananías en Nehemías 7:2 y dice que era un hombre “temeroso de Dios más que muchos”. Su estatura espiritual, como hombre de una madurez espiritual, sabiduría y piedad a un nivel excepcional se debía en gran medida al hecho de que temía a Dios más que muchos.

Ignorar lo que significa el temor de Dios es no saber lo que es la doctrina básica y esencial de la religión revelada. Es omitir deliberadamente el arma más eficaz para mantenernos en la perfección de la santidad delante de la presencia de Dios; es vehículo por donde la obediencia transita en busca de la voluntad de Dios. El temor de Dios es vivir la santidad divina hecha carne en nuestras acciones, comportamientos y conducta.

“Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.”
 2 Corintios 7:1
Juan Salgado Rioseco

martes, 18 de diciembre de 2012

El Movimiento de Jesús de Nazaret


Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve. Juan 1:46 (RV1960)
Nazaret era un pueblo irrelevante, pobre, enclavado en la región de Galilea, considerada de los gentiles (Mt. 4:15). Sin importancia social, política, menos religiosa; de permanente resistencia a los poderes centralizados, tanto político como religioso, debido a su constante discriminación social que eran objeto.

 .       ¿Cómo un hombre laico radicalizado puede transformar las estructuras religiosas centenarias del sistema político religioso judío?, ¿Cómo la proclama de un grupo itinerante mesiánico judío, se convierte en una ideología que irrumpe el Imperio Romano?, ¿Cómo las enseñanzas de un grupo radical Galileo, se convierte en la esperanza de miles de pobres y desarraigados de su sociedad, de todas las naciones conocidas en ese entonces? Muchas son las interrogantes y no muy convincentes son las respuestas. Centenares de eruditos han tratado de explicar el fenómeno que ha rodeado desde su inicio al movimiento nacido en Galilea hace dos mil años, algunas de ellas muy persuasivas y otras no tanto; algunas basadas en el contexto histórico, otras en lo mesiánico;  algunas buscando lo humano y otras lo místico.

         ¿Pero quién es realmente Jesús de Narazet?, ¿Cuáles son los principios fundamentales de su enseñanza?, ¿Por qué miles de personas, provenientes de una de las más zonas conflictivas de su época, le siguieron? ¿Existe una relación entre el Jesús histórico y el Jesús mesiánico? ¿Cuántos de los principios primitivos Galileos, que conserva el cristianismo de hoy? Para contestar estas interrogantes y miles más, hay que indagarlas en el pleno conocimiento de las épocas transcurridas. No hay mejor tiempo invertido que llegar a la convicción pletórica a través del conocimiento de los principios fundamentales de la enseñanza real de los inicios del movimiento, hasta llegar a convertirse en una religión mundial, que absorbe las estructuras políticas - religiosas de imperios, pueblos y etnias, tan diferentes, como distantes.

¿Podrá alguna ideología o pensamiento humano lograr lo mismo? Humanamente, nunca se haga realidad en la dimensión de los sucesos que ocurrieron, es posible que un cambio tan revolucionario suceda nuevamente, pero este cambio radical, nuevamente tendrá como cabeza a Jesús de Nazaret y sus fieles seguidores, no sólo los de Galilea, sino los de todo el mundo de diferentes épocas, en su segunda venida.

         Para contestar en parte las interrogantes anteriores, debemos buscar primero la base de sus enseñanzas y la calidad de sus seguidores. Un verdadero discípulo de Jesús de Nazaret, tiene el deber ético y moral de conocer profundamente a su Maestro, antes de comenzar a propagar sus enseñanzas. Se debe buscar la piedra angular de la enseñanza de Jesús de Nazaret, para poder distinguir los principios fundamentales, de los secundarios; orientar la fe hacia la nueva visión encontrada; reformular los conceptos dogmáticos en que basamos nuestro accionar, de acuerdo a la real enseñanza en la que Jesús preparó a sus discípulos.

El centro principal de su mensaje fue el Reino de Dios, y sus principios fundamentales se encuentran en lo que llamamos Sermón del Monte. De ahí se desprende las normas de comportamientos y actitudes que el genuino cristiano debe desarrollar en el camino al servicio de Jesús de Nazaret. Desde esta perspectiva debemos centrar nuestra visión cosmológica de nuestra fe cristiana. Algunos eruditos piensan que nuestra carta magna, se encuentran en dicho Sermón. No están muy lejos de la realidad, del conocimiento pleno de estos capítulos, obtendremos un cristianismo diferente al cristianismo religioso, legalista y farisaico que hoy muchas corrientes practican, entre ellos y no ajenos a esta realidad, el movimiento pentecostal, (escribo movimiento, porque el nombre real del movimiento de Jesús, es conocido universalmente como cristianismo, y todas las denominaciones, sean grandes o pequeñas, solo son corrientes o movimientos de pensamientos dogmáticos dentro del cristianismo).

         Otras de las vías para contestar las inquietantes interrogantes que emanan del verdadero conocimiento de los sucesos iniciales del incipiente movimiento, que envuelven a Jesús de Nazaret y su círculo íntimo de seguidores, plasmado a través de los desarraigados social y culturalmente de su época, avasallando con fuerza y tenacidad todos los embates que las sociedades de su tiempo le ponían en el ámbito político, religioso y social, nos hacen buscar la respuesta más en el poder divino y sus planes, que en la capacidad humana. ¿Cuánto divino y humano, existe en los registros sagrados?

         Algunos contestan a algunas de estas interrogantes tomando en cuenta al movimiento de Jesús de Nazaret, inicialmente como un grupo radical, carismático e itinerante. Gerd Theissen, en “Sociología del movimiento de Jesús, Santander 1979]. Propone cuatro tesis:
·        En los comienzos del cristianismo primitivo surgieron carismáticos itinerantes, sin residencia fija, que enseñaban una ética radical.
·        Formaban parte de un movimiento de renovación surgido dentro del judaísmo.
·        Su origen estuvo determinado por una crisis producida en la sociedad judeo-palestinense.
·        Su respuesta a esta crisis fue una visión de amor y reconciliación.

Hoy, estamos en la encrucijada; de seguir tras el costumbrismo tradicional que envuelve a muchas de las comunidades locales, o sacudir el polvo de la tradición adosado por siglos a la enseñanza; en seguir defendiendo posiciones dogmáticas, que algunas veces son indefendibles a la luz del genuino conocimiento bíblico, o efectuar una verdadera apología de nuestra fe, basado en los principios fundamentales del verdadero cristianismo con raíces en el movimiento empezado en Galilea. 

Debemos tener en cuenta que Jesús de Nazaret no fundó una religión, sino que comenzó un movimiento laico, al margen de la religión judía; su mensaje sanador y liberador de toda esclavitud y dominación, ha sobrevivido a través de los siglos en pequeños grupos fieles transmisores de la verdad de Cristo Jesús, muchos de ellos tratados como heréticos por la religión oficial y más influyente de la época. Su radicalidad a su tiempo, es lo que llamo la atención a la gran masa de desposeídos; su mensaje de esperanza a un mundo más justo, socialmente sin grande acepciones de personas; su llamado a servir y no a buscar las prebendas que manipula la religiosidad falsa, piramidal, obcecada por los dogmatismos humanos.

Volver a la senda impuesta inicialmente por el movimiento de Jesús de Nazaret, teniendo su piedra angular en el mensaje recopilado por Mateo en el capítulo 5 al 7, debe ser nuestra congruencia al servicio de Cristo Jesús.




Juan Salgado Rioseco

miércoles, 5 de diciembre de 2012

La misión integral en la Iglesia


    La mayoría de las congregaciones cristianas del siglo XXI, primordialmente las de corte Pentecostal, han delimitado su accionar a actividades alrededor de su templo o a las confraternidades sociales con otras comunidades afines, han dejando en un segundo plano la comisión pastoral que Jesús le encomendó, la causa probable, es que no tienen conciencia de la misión integral a la cual deben proyectarse, o no tienen definido el propósito del por que existe la Iglesia, o por que se encuentran decapitada de la verdadera cabeza de la iglesia.

    Analizando los pasajes de la gran comisión, podemos hacer ver y enseñar a este tipo de comunidades, la importancia de una misión integral para influenciar el medio donde se encuentra insertada, haciéndola en lo posible más efectiva y fructífera su labor.  Sherron Kay George, misionera norteamericana en Brasil, analiza la situación de ciertos tipos de Iglesias y concluye que ellas necesitan imperiosamente un cambio de mentalidad, una visión distinta para enfocar su trabajo como comunidad en una labor colectiva. “Ellas necesitan practicar un compañerismo en la misión integral”.

    El objeto de este analice, es que las Iglesias Locales, de orientación pentecostal, tomen conciencia de la misión integral de la iglesia, que lo ejerzan dentro un compañerismo, puedan relacionarse sin verse como antagónicas, y sean congruentes entre sus enseñanzas y su relación con otras comunidades cristianas, teniendo solo como base cumplimiento cabal de la comisión pastoral encargada directamente por Jesucristo, para si caminar en forma inconcusa en el cumplimiento de la comisión pastoral.

    La gran comisión pastoral dada por Jesús a sus discípulos en un monte de Galilea, que relata el Evangelio de San Mateo, cap. 28:16-20, nos hace meditar, cuestionar y preguntar: ¿Estaremos haciendo la voluntad del Maestro en nuestros tiempos?, ¿Estaremos preparados para enfrentar la gran comisión?, ¿Estamos aptos y aprobados para tener éxito en el mandato de Jesús?, ¿Tenemos el animo y la fuerza necesaria para enfrentar al enemigo en misiones de evangelización?, ¿Como está nuestra perseverancia?, ¿Estaremos caminando tras objetivos inconcretos o inconcinos?, ¿Estamos efectuando la labor dentro de un compañerismo?, ¿Estaremos dentro de la recomendaciones que Pablo hace a Timoteo?: "Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es Cristo Jesús. Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros". (2 Timoteo 2:1-2).

    Sin duda estas y otras interrogantes nos hemos hechos alguna vez en nuestras vidas, quedando sin respuestas gran parte de ellas; ¿Donde se produce la dicotomía entre nuestro actuar y lo que realmente debiéramos realizar?; ¿Donde se encuentra el origen de nuestras debilidades y falencias en el accionar del cristianismo que profesamos y practicamos?

    La Iglesia es una comunidad enviada al mundo con una misión, la deidad proveyó los elementos necesarios para que el cumplimiento de la misión sea exitoso, la iglesia tiene  la cooperación más poderosa para realizarla: el Espíritu Santo.

    El Evangelio de San Marcos (Mr. 16:15), nos indica la extensión mundial y la universalidad del mandato, ¿pero que estamos haciendo los cristianos actuales?, muchos de ellos creen que la iglesia es las cuatro paredes donde se congregan, se dejan llevar por el ambiente que los rodea, por lo que han logrado o se les ha legado, influenciados en gran parte por la tradición y las costumbre del medio en que se desenvuelven, esperan crecer solo a través del crecimiento biológico o transferido, persisten estáticos en su medioevo feudalismo que han creado para protegerse, consolidando un sistema de gobierno episcopal de vasallaje, este tipo de iglesias están mas orientadas a un cristianismo moralista dogmática.

    ¿Protegerse de qué?, sería la gran pregunta, la respuesta más lógica se encuentra en que tratan de ocultar: sus debilidades, sus yerros, falencias, sus incapacidades, su flojera, su raquitismo espiritual, sus desaciertos y sus inconclusiones e inconstancias.

    Cada día son menos los seguidores de Cristo que mantienen la inquietud latente de llegar a conquistar parajes indómitos donde aun el cristianismo no ha alcanzado con plenitud y libertad; los ha invadido la comodidad y el desasimiento; han perdido el fervor de llevar las gratas nuevas de salvación a los países no alcanzados por nuestra fe; ya no tienen la alegría  de transmitir a los oídos de los necesitados, la esperanza; la frescura de la paz a los angustiados y afligidos de latitudes lejanas; han perdido la sensibilidad cristiana; ya no asocian el amor de Dios con el amor al prójimo, es una iglesia sin voz, no tiene el espacio, ni el respeto de hacerse oír, es parte de la farándula de la sociedad donde está inmersa, es utilizada para fines ajenos a su misión.

    Están convencidos y concientizados que cumplir la misión pastoral, es vocear en el cantón de la calle de la esquina del Templo donde se reúnen, ¿estarán obrando bien o mal? En sus vidas se encuentra la incredulidad y dureza de corazón (Mr.16:14), a la vez han aminorado el poder del Espíritu Santo, al no permitir que Dios obre maravillas en su medio (Mr. 16:17, 18).

    Millares de nuestros hermanos de fe en este momentos sufren persecución, oprobio en sus propios países, que se encuentran dominados por otras religiones o ideologías ateas, ¿que hacen los llamados cristianos pentecostales?, nada, somos ignorantes de lo que le sucede a la Iglesia de Cristo, nos hemos convertidos en células cristianas, indiferentes, insensibles, impermeables, impermutable, ambiguos a los acontecimientos que están sucediendo a nuestros alrededor, e indolentes al sufrimiento de nuestros hermanos de fe.

    La falta de compañerismo entre las comunidades cristianas es una de las falencias que más agravan la comunión con Dios y entorpecen la misión de la Iglesia. En 1 Corintios 3:6, podemos ver implícitamente la necesidad del compañerismo, en conjunto con Dios, Pablo y Apolo hicieron su parte, pero él provocó el crecimiento, la soberanía de Dios está por encima de los planes del hombre, solo él hace crecer la Iglesia, el hombre solo deber cumplir con la parte que Dios estima que es necesario, debido que la misión de la iglesia es de Dios, porque se origina en el corazón de Dios, en la persona de Dios, en el amor de Dios, en la actividad de Dios en el mundo en la tres áreas esenciales: evangelización, enseñanza, diaconía y acción social.

    Desconocen que la actitud de un verdadero compañerismo cristiano deben incluir la humildad en el cumplimiento de la misión, respetar al prójimo como se respeta a si mismo, tener sensibilidad y ser movido por la compasión. La misión de la iglesia debe ser practicada a partir de la dinámica de la mutualidad de observar y participar; escuchar y hablar; compartir el sufrimiento y sufrir; recibir y dar; aprender y enseñar; siendo transformado y transformando. El compañerismo cristiano es un trabajo en la integralidad de la misión de Dios que tiene como último fin el Reino de Dios. Han claudicado en el sacerdocio universal cristiano en pro de una elite diotrefana episcopal.

    La gran mayoría de las iglesias de hoy, no tienen un compromiso real con la comisión pastoral, no tienen un propósito definido con la obra de Dios, los objetivos se pierden entre las nebulosas de la sedentaria y la displicencia espiritual. ¿A que se debe esta situación?, ¿Cómo hemos llegado a esta forma de actuar dentro del cristianismo?, podemos encontrar muchas excusas, tener demasiadas respuestas, pero lo síntomas de la iglesia nos dan ha entender que es una iglesia enferma, desequilibrada, la falta de un liderazgo capaz de sacar del somnoliento sopor de la rutina y el ritualismo. La solución del problema: Pablo lo explicó de la siguiente manera: “... asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios. (Colosenses 2:19).  La iglesia de Cristo debe volver al verdadero cuerpo, y obedecer a la genuina cabeza: Jesucristo, entonces sanará, será una comunidad equilibrada, y tendrá una real motivación para expandir el reino de Dios; será una Iglesia saludable, con un crecimiento espontáneo, que lo dará Dios mismo. La misión integral de la iglesia, apuntala a una participación proactiva que nos anima a responder: ¿Qué pide el Señor de ti? Hacer justicia, amar misericordia, y ser humildes ante Dios. (Miqueas 6:8).

    La misión integral de la iglesia, no es producir divisiones, no es llevar una política de transferencia de miembros de una comunidad a otra, no es levantar liderazgo falsos; no es ambicionar lugares de elite para satisfacer el ego del personalismo; no es incapacitar a los miembros para que no cumplan su ministerio; no es trastocar los principios de la comisión pastoral por intereses mezquino. La misión integral de la iglesia es unirse como miembro del cuerpo de Cristo a la voluntad de Dios y no solo ser un prosélito voluntarioso con fines propagandísticos de una seuda religión.

    La misión de la iglesia, es un trabajo integral dentro del compañerismo que debe existir entre los miembros del Cuerpo de Cristo, es una labor integrada tras del propósito mancomunado de alcanzar con todos los medios disponibles la evangelización de los no alcanzado. Es la compenetración de cumplir cada uno con el propósito que Dios le a dado,  es la solidaridad con las comunidades desposeídas para que alcancen la plenitud de su tarea y los propósitos trazados por la Deidad.

   La misión integral es trabajar unidos, con el único fin del que el evangelio de Jesucristo sea pleno, fructífero y cumpla con la voluntad de Dios, entonces, la ayuda del Señor estará presta para quienes se atreven a cumplir la misión a la cual están comprometidos. Seamos valientes, persistentes y comprometidos con la causa de Cristo y recibiremos de él toda su ayuda (Mr. 16:19-20).


Juan Salgado Rioseco

martes, 4 de diciembre de 2012

Los Profetas y las Profecías en el cristianismo





"Procuren, pues, tener amor, y al mismo tiempo aspiren a que Dios les dé dones espirituales, especialmente el de profecía." (Dios Habla Hoy 1998 1Co. 14:1)

1.   Los Profetas.


El profeta, según el significado de la palabra hebrea  nabhi, era sencillamente uno que hablaba por otro y especialmente por Dios. Sin embargo, hay abundante testimonio de parte de los judíos de la antigüedad, de que el negocio principal del profeta fue el de predecir el futuro.
La palabra ro´eh, traducida vidente, contiene la idea de uno que conoce las cosas escondidas y quizá también relativas al futuro. Las dos ideas están incluidas en el término profeta (nabhi), no precisamente por su etimología, sino por su usus loquendi: el que hablaba por Dios, reunía en su persona las capacidades del vidente. En el griego, la palabra profétes significa básicamente uno que habla por otro.
El profeta, entonces, declaraba el mensaje de Dios que había recibido de él. Lo que Dios le decía era su revelación y el mensaje del profeta era una profecía, aun cuando no se trataba del futuro.

1.   Los Profetas, Mensajeros para su época.


Los profetas eran mensajeros de Dios que hablaban por él a los hombres de su tiempo, por lo tanto, debemos averiguar la situación histórica para poder interpretar acertadamente el verdadero significado de su mensaje.
Había un grupo de profetas relativamente grande que sólo predicaba a su época, otros tenían la comisión especial de escribir sus mensajes, quienes nos dejaron los libros proféticos de las escrituras. Dios quiso que esos libros permanecieran como obras de valor perpetuo y que formaran parte del Libro Perdurable, cuya palabra tenía cumplimiento (Mateo 5:18).
La presencia de estos libros en la Biblia y las varias pretensiones hechas con respecto a su inspiración, dan a entender la grande importancia de su contenido con respecto al futuro, lo cual estaba asegurado en la persona y obra del Cristo que había de venir.

2.    Los Profetas en la Historia de Israel y de Judá


En el estudio de las reglas para la interpretación de la profecía requiere primeramente que estudiemos qué significa la profecía, cuáles son las características y la relación que existe entre la historia de Israel y las muchas profecías que esa historia contiene.
Los profetas se presentaron como testigos y mensajeros de la Palabra, y así lo expresaron muchas veces de manera inequívoca, por ejemplo, cuando introducían sus mensajes con la frase: «Así dice el Señor». (Jer 1:9–10a: «Entonces el Señor extendió la mano, me tocó los labios y me dijo: ‘Yo pongo mis palabras en tus labios’».)
Según los libros de los Reyes, la historia de Israel y de Judá, a lo largo de todo el período monárquico, fue una cadena ininterrumpida de pecados e infidelidades, y los principales responsables de esta situación fueron los reyes mismos. A ellos les correspondía gobernar al pueblo de Dios con sabiduría (1 R 3:9); pero en realidad hicieron todo lo contrario. Por eso no fue un hecho casual que Israel y Judá terminaran por caer derrotados y dejaran de existir como naciones independientes (2 R 17:6; 25:1–21).
En este contexto proclamaron su mensaje los más grandes profetas de Israel. Ellos vieron con extraordinaria lucidez el desorden que reinaba en la sociedad. El pueblo de Israel no era lo que Dios quería y esperaba de él. El Señor había formado y cuidado a su pueblo, como el labrador planta y cultiva su viña, y esperaba de él buenos frutos. Pero sus esperanzas quedaron frustradas porque la viña del Señor, en vez de dar buenos frutos, había producido uvas agrias (Is 5.1–7). El pecado de Israel estaba grabado «con punta de diamante» y con «cincel de hierro» en la piedra de su corazón (Jer 17.1). Pero como el Señor no quiere la muerte del pecador, sino que cambie de conducta y viva (Ez 18.23), envió a sus servidores, los profetas, para llamarlo a la conversión.
Los profetas nunca dejaron de reconocer que el Señor había elegido a Israel. Pero esta elección divina, mucho más que un privilegio, era para ellos una responsabilidad. Ni el culto, ni el templo, ni la dinastía davídica ni el recuerdo de las acciones pasadas de Yavé ofrecían ya una garantía incondicional y automática, porque el Señor ha dado a conocer…
«…en qué consiste lo bueno y qué él espera de ti: que hagas justicia, que seas fiel y leal
y que obedezcas humildemente a tu Dios».(Miq 6.8)

También el profeta Amós ha expresado esta idea con toda claridad y precisión:
«Sólo a ustedes he escogido de entre todos los pueblos de la tierra. Por eso habré de pedirles cuentas de todas las maldades que han cometido». (Am 3.2)

Otro tema central de la predicación profética es la fidelidad al culto de Yavé. Este tema se encuentra, sobre todo, en Oseas, Jeremías y Ezequiel. Ellos denunciaron la idolatría en todas sus formas (cf., por ejemplo, Os 4.1–14; Jer 2.23–28) y, con tal finalidad, utilizaron ampliamente el simbolismo conyugal: Yavé era el esposo de Israel, pero los israelitas se comportaban como una esposa infiel, que engaña a su marido y se prostituye con el primero que pasa (cf., entre muchos otros textos, Os 2; Ez 16; 20). Era preciso, por lo tanto, volver a la fidelidad perdida (Jer 2.1–3), antes que fuera demasiado tarde (Jer 4.1–4).
Los profetas condenaron también el orgullo y la ambición de las clases dirigentes, que no mostraban la menor preocupación por el destino de su pueblo. La gente humilde era víctima de jefes sin escrúpulos, que creían que todo les estaba permitido (cf. Am 2.6–8). Ante el espectáculo generalizado de la venalidad y la corrupción, ellos manifestaron decididamente su solidaridad con las víctimas de la injusticia y denunciaron sin reserva a los opresores. Según sus enseñanzas, la fidelidad al Señor debía manifestarse no sólo en la observancia de ciertas prácticas culturales y religiosas, sino también, y sobre todo, en el ámbito de las relaciones sociales. Sin la práctica de la justicia, el culto puramente exterior era abominable para el Señor (Is 1.10–20; Am. 5.21–24).

La caída de Jerusalén. Los profetas anunciaron repetidamente que Jerusalén sería destruida y que sus habitantes caerían bajo la espada de sus enemigos, o serían llevados al exilio, si no se volvían al Señor de corazón. Pero ni el pueblo ni sus gobernantes hicieron caso a la palabra del Señor, y aquellos anuncios se cumplieron. El ejército de Nabucodonosor, rey de Babilonia,(586 A.C), sitió la ciudad santa, y esta no pudo resistir al asedio. Los invasores entraron en Jerusalén, la saquearon, incendiaron el templo, se llevaron sus tesoros y vasos sagrados, y deportaron al sector más representativo de la población (2 R 25.1–21). El Salmo 74.4–9 describe con hondo dramatismo aquella catástrofe:
«Tus enemigos cantan victoria en tu santuario; ¡han puesto sus banderas extranjeras sobre el portal de la entrada! Cual si fueran leñadores en medio de un bosque espeso, a golpe de hacha y martillo, destrozaron los ornamentos de madera. Prendieron fuego a tu santuario; ¡deshonraron tu propio templo derrumbándolo hasta el suelo!.
Decidieron destruirnos del todo; ¡quemaron todos los lugares del país donde nos reuníamos para adorarte! Ya no vemos nuestros símbolos sagrados; ya no hay ningún profeta, y ni siquiera sabemos lo que esto durará».

El exilio. Comparado con la historia de Israel en su conjunto, el período del exilio fue relativamente breve: unos setenta años desde la primera deportación (2 R 25.18–21) hasta el edicto de Ciro, (2 Cr 36.22–23). Sin embargo, fue uno de los más ricos y fecundos en la historia de la salvación. Los israelitas meditaron sobre la catástrofe que les había acontecido, y esperaron con impaciencia que el Señor volviera a intervenir una vez más en favor de su pueblo (cf. Sal 137).
Una vez que se cumplió el término fijado por Dios (cf. Jer 29.10), los exiliados escucharon la voz de los profetas que les anunciaban el fin del cautiverio y una pronta liberación (cf. Is 40–55).
Cuando cayó Jerusalén, el rey Nabucodonosor estaba en el apogeo de su gloria. Pero a su país debía llegarle «el momento de estar también sometido a grandes naciones y reyes poderosos» (Jer 27.7). Los primeros indicios de la declinación de Babilonia se sintieron hacia el 546 a.C., cuando apareció en el escenario del Próximo Oriente Antiguo un nuevo protagonista: Ciro, el rey de los persas. Entonces los exiliados pudieron esperar su liberación y el fin de la catástrofe (cf. Is 40–55). Esta se realizó en el año 539 a.C., con la caída de Babilonia.

La vuelta del exilio. El edicto de Ciro—del que la Biblia conserva dos versiones (Esd 1.2–4; 6.3–5)—autorizó a los deportados el regreso a Palestina. Este retorno fue paulatino. La primera caravana de repatriados llegó a Judá al mando de Sesbasar (Esd 1.5–11), que era una especie de alto comisario del imperio persa. Pero Sesbasar desapareció pronto de la escena y en lugar de él apareció Zorobabel. La reedificación del templo, que había empezado Zorobabel con mucho entusiasmo, se vio obstaculizada por las hostilidades de los samaritanos; pero estimulado por los profetas Hageo y Zacarías, Zorobabel puso de nuevo manos a la obra y en el año 515 a.C. el templo quedó terminado.
A partir del edicto de Ciro fueron llegando a Jerusalén sucesivas caravanas de repatriados. Muchos otros judíos, en cambio, prefirieron quedarse en la diáspora, donde habían prosperado económicamente, llegando a desempeñar, algunas veces, cargos de importancia como funcionarios del imperio persa (cf. Neh 2.1).
Con el paso del tiempo, la situación política, social y religiosa de Judea se fue deteriorando cada vez más. Entre los factores que contribuyeron a ese proceso hay que mencionar las dificultades económicas, las divisiones en el interior de la comunidad y, muy particularmente, la hostilidad de los samaritanos.
Nehemías, que a pesar de ser judío era un alto dignatario en la corte del rey Artajerjes I, se enteró de que la ciudad de Jerusalén aún se encontraba casi en ruinas y con sus puertas quemadas. Entonces solicitó y obtuvo ser nombrado gobernador de Judá para acudir en ayuda del pueblo. Su valentía y firmeza superaron todas las dificultades, y en muy poco tiempo se restauraron los muros de la ciudad. Luego se dedicó a repoblar la ciudad santa, que estaba casi desierta, y tomó severas medidas para defender a los más desvalidos y para reprimir algunos abusos (Neh 5.1–12), siendo él mismo el primero en dar el ejemplo (Neh 5.14–19). Un tiempo después volvió por segunda vez a Jerusalén y completó la reforma que había iniciado (Neh 10).
Esdras, sacerdote y escriba que también había estado en Babilonia, erudito de la Torá, que llegó a Judá en el 397 a.C. desempeñó un papel igualmente importante en esta acción reformadora.
Las reformas de Nehemías y Esdras, pretendían restaurar la pureza de Israel, insuflaron una santidad renovada a Jerusalén, que se refleja en muchos salmos de alabanza compuestos después del exilio, (Sal.122:2-4).

3.   Los Profetas y las Profecías.


La idea básica de la profecía es la revelación de la mente divina sobre cualquier tema y no solamente la predicción del futuro, ni la postulación de misterios o enigmas, como suele pensarse.

A. El valor de la Profecía.
En primer lugar, su valor principal había de ser para la posterioridad, más que para su época, según afirma el apóstol Pedro: "A los cuales fue revelado, que no para sí mismos, sino para nosotros administraban las cosas que ahora os son anunciadas de los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; en las cuales desean mirar los ángeles" (1 Ped. 1:12). El valor principal de la profecía es, entonces, con respecto a Cristo, su evangelio y su reino.
En segundo lugar, el cristiano debe considerar que la profecía existe como una revelación orientadora para su propia vida, para que entienda cómo debe andar en este mundo. Sobre este punto escribe Pedro: "Tenemos también la palabra profética más permanente, a la cual hacéis bien de estar atentos como una antorcha que alumbra en lugar oscuro hasta que el día esclarezca..." (2 Ped. 1:19).
Un tercer valor de la profecía existe en aquel mensaje inmediato al pueblo de aquella época, que fue parte de la misma historia de la redención divina en la que Dios obraba directamente en su pueblo, salvándolos, y continuando sus preparativos para el advenimiento del Salvador. Considérese por ejemplo la profecía de Jeremías con respecto a los setenta años de cautiverio y la restauración posterior, mediante la que el Señor conservó a la nación como instrumento para trae el Cristo al mundo.

B.   La llamada "Doble Referencia" en las Profecías.
Con frecuencia cuando los profetas dirigían su mensaje al pueblo de sus tiempos, eran guiados por el Espíritu a hablar del futuro, especialmente en relación con la venida del Mesías y su reino. Para ello, usaban un lenguaje hiperbólico. En el sentido más completo, su lenguaje debía entenderse como refiriéndose a Cristo y sus tiempos.
Algunos prefieren considerar la referencia en tales profecías como tratando del futuro inmediato y sólo en un sentido figurado el lejano futuro. Para ellos, el lenguaje de la profecía no se debe considerar como necesariamente literal, y por tanto, sin ningún cumplimiento exacto.
Por otro lado, algunos niegan completamente la aplicación futura de tales profecías, pero considerando que el ministerio de las Escrituras había de ser para todas las edades, será mejor entender que tales profecías hablaron principalmente del futuro más lejano; y que con frecuencia tenían aplicación a su época inmediata sólo en un sentido figurado o hiperbólico.

C.   La Profecía mediante la Historia.
La posibilidad de esa doble o múltiple referencia en las profecías, se debe al hecho que Dios evidentemente ha planeado el desenvolvimiento de la historia, tanto futura como pasada, sobre semejantes principios de trato con el hombre, y a su repuesta característica hacia Dios y su voluntad revelada


D. El cumplimiento de la Profecía por Escalas.
Estrechamente relacionada con la características llamada doble referencia, existe otra que podemos denominar el aspecto telescópico. Este consiste en que la profecía presenta como cumplidos todos los detalles de ella, sin distinguir el tiempo de su cumplimiento.

E. Los Principios Para Interpretar La Profecía.
I           El intérprete debe tomar en cuenta que las profecías de las cosas futuras se relacionan con la historia contemporánea del profeta.
Por ejemplo, Juan escribió el Apocalipsis para consolar y animar a los creyentes que sufrían en las persecuciones romanas. Isaías escribió a los cautivos en Babilonia acerca de una gran Libertador (59:20), pero no se cumplirá la profecía hasta que Jesús venga.

II.  Las palabras de los profetas deben ser tomadas en el sentido literal.
Ø  A menos que el contexto, o la forma en la cual son cumplidas, indique claramente que tiene un sentido simbólico.
Ø  Nombres simbólicos tales como “Babilonia”,1 Pedro 5:13 (probablemente era una referencia oculta a Roma) y “Sodoma y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado”, Apoc. 11:8 (Jerusalén), deben ser interpretados en el sentido simbólico.

III. Ciertos elementos de la profecía deben ser interpretados en términos de sus equivalentes, analogías y cosas correspondientes.

IV. Algunas profecías se cumplen por etapas o tienen más de un cumplimiento.
v  La profecía del derramamiento del Espíritu (Joel 2:28-32), no fue plenamente cumplida en el día de Pentecostés.
v  Aunque el anticristo de 2 Tesalonicenses es una sola persona, Juan indica que ya había anticristo en su época (1 Juan 4:3).

V. Debemos tomar en cuenta la perspectiva profética en ciertas profecías.
Ø  La visión del profeta a veces pasa del cercano futuro al lejano futuro sin advertencia. Por ejemplo, en Isaías 61:1,2, se describe el ministerio mesiánico de Jesús y el día final del juicio, “el día del Dios nuestro”, sin indicar que son eventos separados por milenios.
Ø  También, los eventos de Mateo 24 (la destrucción de Jerusalén, el fin del siglo y la segunda venida), son presentados como  si todos pasasen seguidos.
Ø  El intérprete debe distinguir entre lo que está cerca y lo que está  por cumplirse en el lejano futuro.

VI. Las profecías se interpretan mejor al cumplirse.
El intérprete debe evitar ser dogmático en cuanto a los aspectos oscuros de la profecía.

D.   Reglas para interpretar Profecía.

Las siguientes consideraciones nos ayudarán a entender las siguientes reglas para la interpretación de la profecía:

a)      Téngase en cuenta que la verdadera interpretación de la profecía es con respecto a Jesús. Por tanto, nadie tiene derecho de interpretar "particularmente", sino de acuerdo con el temor de todas las demás profecías y mediante la ayuda del Espíritu de Dios (2 Ped. 1:20, 21).

b)      Póngase en lugar de primera importancia las declaraciones escriturales sobre el cumplimiento de determinada profecía.

c)      Recuérdese  que el espíritu  o impulso de la profecía es el rendir testimonio a favor de Jesús como el Cristo (Apoc. 19:10).

d)     Nótase que las profecías con frecuencia tienen más que un solo cumplimiento; es decir, el inmediato y también el lejano.

e)      Nótase que el cumplimiento de los detalles de la profecía puede efectuarse en épocas muy distante la una de la otra.

f)       Obsérvese que las profecías se componen tanto de lenguaje figurado y poético, como de lenguaje literal y de prosa.

g)      La interpretación debe ser literal o figurada según el carácter del contexto.

4.   Los Profetas y las Profecías en nuestros tiempos.


v  Nos encontramos que en gran parte de los Pentecostales enfatizan la manifestación del Espíritu Santo a través del don de la profecía, la cual genera que los creyentes que poseen este don espiritual dentro de sus comunidades adquieren una importancia, en la mayoría de los casos no tienen la mínima preparación, no saben en que consiste, como ejercerlo, como poderlo desarrollar en beneficio de su ministerio o de la iglesia, lo que en el tiempo a provocado gran escepticismo en varias congregaciones debido a la incongruencia entre la profecía entregada y la realidad, provocando un daño inconmensurable en las vidas espirituales de muchos creyentes.

"... porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo." (R.V-1960 1 Pe. 1:21)

v  Podemos deducir que el factor que más a influido en esta situación es la negligencia inexcusable de los lideres que no han sabido instruir a sus congregaciones o preparar a sus miembros para ejercer el don que el Espíritu Santo a capacitado al creyente.

"Si esto enseñas a los hermanos, serás buen ministro de Jesucristo, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido. Desecha las fábulas profanas y de viejas." (1 Ti. 4:6-7).

v  En el ambiente anárquico de nuestra sociedad, la obligación primordial de los lideres es colocar las cosas en el orden debido de acuerdo a la sana doctrina, las manifestaciones de los profetas y las profecías deben enmarcarse dentro del orden bíblico y de acuerdo a la voluntad de Dios y no a los sentimientos o inspiración humana.

"sí pues, hermanos míos, aspiren al don de profecía, y no prohiban que se hable en lenguas; pero háganlo todo decentemente y con orden." (Dios Habla Hoy, 1Co. 14:39-40).

v  La profecía ocupa un lugar relevante dentro de la fe de los creyentes, en un ambiente que la desorientación y frustración ha mermado la voluntad y carácter de las personas, estas buscan refugio en la esperanza que Dios los pueda socorrer, afirmándose en lo sobrenatural con credulidad, un mal profeta puede producir un gran daño en la fe de estos creyentes, por lo cual el líder debe estar preparado y atento, el discernimiento debe ser el arma de todo líder para distinguir lo que es de Dios o lo humano.

"Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo" (R.V. 1960 1 Jn. 4:1)

"Queridos hermanos, no crean ustedes a todos los que dicen estar inspirados por Dios, sino pónganlos a prueba, a ver si el espíritu que hay en ellos es de Dios o no. Porque el mundo está lleno de falsos profetas."  (Traducción Dios Habla Hoy  1 Jn. 4:1)       

v  Podemos concluir que la manifestación de la profecía debe reunir ciertas exigencias en el profeta, este debe tener control, debe ser realmente inspirados por el Espíritu Santo, en sus actuaciones y dichos debe ser decentemente y en orden. La congregación tiene la obligación de saber discernir las cosas espirituales para que no sean engañados.

"de esta manera todos, cada uno en su turno correspondiente, podrán comunicar mensajes proféticos, para que todos aprendan y se animen. El don de profecía debe estar bajo el control del profeta, porque Dios es Dios de paz y no de confusión." (Traducción Bíblica Dios Habla Hoy 1998 1Co. 14:31-33).

v  Siempre debemos tener presente, el que comunica mensajes proféticos, lo hace para edificación de la comunidad, y la anima y consuela. Por lo tanto la profecía debe tener tres objetivos: edificación, exhortación y consolación, por que ella tiene como  misión primordial edificar a la iglesia, el apóstol Pablo aconseja en 1 Co. cap. 14, que debemos procurar tener en abundancia aquellos dones  que ayudan a la edificación de la iglesia, y abundar en aquellos dones, que sirvan para la edificación de la iglesia.
 "Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis." (1 Co. 14:1).

"Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación. " (1 Co. 14:3). 

"Así también vosotros; pues que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia."(1 Co. 14:12).

5. Lo apropiado y deseable de la profecía, PROFECÍA




El propósito de la vida de la iglesia del NT es ser bendecida por la presencia del don de profecía. Tal como Pablo lo declara aquí, (1 Co. 14:1) al hacernos ver que el amor es nuestra búsqueda primordial, la profecía ha de ser bien recibida para la «edificación, exhortación y consolación» de la congregación, colectiva e individualmente (v. 3). Semejante aliento o estímulo de unos a otros es «profecía», no «palabras» en el sentido de la Biblia, la cual usa las palabras mismas de Dios, pero por medio de palabras humanas que el Espíritu Santo singularmente trae a la mente.
La práctica del don de profecía es un propósito de la plenitud del Espíritu Santo (Hch 2.17). En ella se cumple también la profecía de Joel (Jl 2.28) y la esperanza que tiempo antes expresara Moisés (Nm 11.29).
Pedro le da su respaldo a la operación del don de profecía (1 P 4.11), y Pablo dice que este don está dentro de las posibilidades de cada creyente (1 Co 14.31). Este don tiene la intención de suscitar una amplia participación entre los miembros de la congregación, en la que todos se beneficien recíprocamente con palabras de unción y de amor que edifican espiritualmente y profundizan el entendimiento. Tal profecía puede proveer una ampliación del entendimiento, que los corazones se vuelvan humildes para la adoración a Dios y, de pronto, se den cuenta que el Espíritu Santo tiene conocimiento de su necesidad y está dispuesto a contestar la oración (1 Co 14.24, 25). Esta clase de profecía es también un medio por el cual se impulsa y provee visión y expectación, sin las cuales la gente se vuelve pasiva o descuidada (1 S 3.1; Pr 29.18; Hch 2.17). Estas orientaciones específicas sobre cómo utilizar el don de profecía, tal como sucede con todos los dones del Espíritu Santo, tienen el propósito de evitar que un don suplante el ejercicio de otros, o usurpe la autoridad del liderazgo espiritual. Aún más, toda profecía está subordinada a la disciplina de la Palabra eterna de Dios, la Biblia, la norma por la que toda expresión profética en la iglesia debe ser juzgada (1 Co 14.26–33). (Ef 1.17–19; 2 P 1.16–19) J.W.H.

6. Los Falsos Profeta


En la Biblia mencionan que existen falsos Profetas, persona que afirma falsamente poseer total revelación de Dios, que puede predecir hechos futuros o que tiene el poder de Dios para hacer milagros, señales y maravillas.
En Apocalipsis encontramos un falso profeta que engañará a la gente con falsos milagros y matará a los que se nieguen a adorar a la bestia, pero que al final será arrojado al lago de fuego (Ap 19.20). En la Biblia, los falsos profetas caen en tres categorías generales:

1. Los que adoran falsos dioses y sirven a ídolos.
2. Los que falsamente afirman que han recibido mensajes de Dios.
3. Los que se desvían de la verdad y dejan de ser verdaderos profetas.

6. El Anticristo


También existen los Anticristo, que puede significar tanto en contra de Cristo o en lugar de Cristo, o quizás, combinando ambos significados, «uno que, asumiendo el papel de Cristo, se opone a Cristo». La palabra se halla solamente en las Epístolas de Juan:

(a)    de los muchos anticristos que son precursores del mismo anticristo (1 Jn 2.18, 22; 2 Jn 7);
(b)   del poder del mal que ya opera en espera del anticristo (1 Jn 4.3).

Lo que el apóstol dice de él se asemeja tan estrechamente a la primera bestia de Apocalipsis, y a lo que dice Pablo acerca del hombre de pecado en 2 Ts 2. Parece que es la misma persona la que está a la vista en estos pasajes, siendo distinta la segunda bestia en Ap 13, el falso profeta; porque esta última apoya a la primera en sus pretensiones anticristianas.

Falso Cristo, tiene que distinguirse del anterior; se halla en Mt 24.24 y Mc 13.22. El falso Cristo no niega la existencia de Cristo, sino que se apoya en la esperanza de su aparición, afirmando que él es el Cristo. El anticristo niega la existencia del verdadero Dios.

Juan Salgado Rioseco

BIBLIOGRAFÍA

1.                  Claves de Interpretación Bíblica. Thomas Fountain (Ed. Bautista Publicaciones).

2.                  La Biblia. Armando J. Levoratti (Sociedades B. Unidas).

3.                  Curso I.B.P. sede Concepción, Chile. David Miranda

Dios Santo y el Pecado (Parte VII)

El Servidor de Dios no debe quebrantar la Ley del Eterno y Santo para ser victorioso en la lucha contra el pecado. “ Ahora bien, ¿debe...