martes, 4 de diciembre de 2012

Los Profetas y las Profecías en el cristianismo





"Procuren, pues, tener amor, y al mismo tiempo aspiren a que Dios les dé dones espirituales, especialmente el de profecía." (Dios Habla Hoy 1998 1Co. 14:1)

1.   Los Profetas.


El profeta, según el significado de la palabra hebrea  nabhi, era sencillamente uno que hablaba por otro y especialmente por Dios. Sin embargo, hay abundante testimonio de parte de los judíos de la antigüedad, de que el negocio principal del profeta fue el de predecir el futuro.
La palabra ro´eh, traducida vidente, contiene la idea de uno que conoce las cosas escondidas y quizá también relativas al futuro. Las dos ideas están incluidas en el término profeta (nabhi), no precisamente por su etimología, sino por su usus loquendi: el que hablaba por Dios, reunía en su persona las capacidades del vidente. En el griego, la palabra profétes significa básicamente uno que habla por otro.
El profeta, entonces, declaraba el mensaje de Dios que había recibido de él. Lo que Dios le decía era su revelación y el mensaje del profeta era una profecía, aun cuando no se trataba del futuro.

1.   Los Profetas, Mensajeros para su época.


Los profetas eran mensajeros de Dios que hablaban por él a los hombres de su tiempo, por lo tanto, debemos averiguar la situación histórica para poder interpretar acertadamente el verdadero significado de su mensaje.
Había un grupo de profetas relativamente grande que sólo predicaba a su época, otros tenían la comisión especial de escribir sus mensajes, quienes nos dejaron los libros proféticos de las escrituras. Dios quiso que esos libros permanecieran como obras de valor perpetuo y que formaran parte del Libro Perdurable, cuya palabra tenía cumplimiento (Mateo 5:18).
La presencia de estos libros en la Biblia y las varias pretensiones hechas con respecto a su inspiración, dan a entender la grande importancia de su contenido con respecto al futuro, lo cual estaba asegurado en la persona y obra del Cristo que había de venir.

2.    Los Profetas en la Historia de Israel y de Judá


En el estudio de las reglas para la interpretación de la profecía requiere primeramente que estudiemos qué significa la profecía, cuáles son las características y la relación que existe entre la historia de Israel y las muchas profecías que esa historia contiene.
Los profetas se presentaron como testigos y mensajeros de la Palabra, y así lo expresaron muchas veces de manera inequívoca, por ejemplo, cuando introducían sus mensajes con la frase: «Así dice el Señor». (Jer 1:9–10a: «Entonces el Señor extendió la mano, me tocó los labios y me dijo: ‘Yo pongo mis palabras en tus labios’».)
Según los libros de los Reyes, la historia de Israel y de Judá, a lo largo de todo el período monárquico, fue una cadena ininterrumpida de pecados e infidelidades, y los principales responsables de esta situación fueron los reyes mismos. A ellos les correspondía gobernar al pueblo de Dios con sabiduría (1 R 3:9); pero en realidad hicieron todo lo contrario. Por eso no fue un hecho casual que Israel y Judá terminaran por caer derrotados y dejaran de existir como naciones independientes (2 R 17:6; 25:1–21).
En este contexto proclamaron su mensaje los más grandes profetas de Israel. Ellos vieron con extraordinaria lucidez el desorden que reinaba en la sociedad. El pueblo de Israel no era lo que Dios quería y esperaba de él. El Señor había formado y cuidado a su pueblo, como el labrador planta y cultiva su viña, y esperaba de él buenos frutos. Pero sus esperanzas quedaron frustradas porque la viña del Señor, en vez de dar buenos frutos, había producido uvas agrias (Is 5.1–7). El pecado de Israel estaba grabado «con punta de diamante» y con «cincel de hierro» en la piedra de su corazón (Jer 17.1). Pero como el Señor no quiere la muerte del pecador, sino que cambie de conducta y viva (Ez 18.23), envió a sus servidores, los profetas, para llamarlo a la conversión.
Los profetas nunca dejaron de reconocer que el Señor había elegido a Israel. Pero esta elección divina, mucho más que un privilegio, era para ellos una responsabilidad. Ni el culto, ni el templo, ni la dinastía davídica ni el recuerdo de las acciones pasadas de Yavé ofrecían ya una garantía incondicional y automática, porque el Señor ha dado a conocer…
«…en qué consiste lo bueno y qué él espera de ti: que hagas justicia, que seas fiel y leal
y que obedezcas humildemente a tu Dios».(Miq 6.8)

También el profeta Amós ha expresado esta idea con toda claridad y precisión:
«Sólo a ustedes he escogido de entre todos los pueblos de la tierra. Por eso habré de pedirles cuentas de todas las maldades que han cometido». (Am 3.2)

Otro tema central de la predicación profética es la fidelidad al culto de Yavé. Este tema se encuentra, sobre todo, en Oseas, Jeremías y Ezequiel. Ellos denunciaron la idolatría en todas sus formas (cf., por ejemplo, Os 4.1–14; Jer 2.23–28) y, con tal finalidad, utilizaron ampliamente el simbolismo conyugal: Yavé era el esposo de Israel, pero los israelitas se comportaban como una esposa infiel, que engaña a su marido y se prostituye con el primero que pasa (cf., entre muchos otros textos, Os 2; Ez 16; 20). Era preciso, por lo tanto, volver a la fidelidad perdida (Jer 2.1–3), antes que fuera demasiado tarde (Jer 4.1–4).
Los profetas condenaron también el orgullo y la ambición de las clases dirigentes, que no mostraban la menor preocupación por el destino de su pueblo. La gente humilde era víctima de jefes sin escrúpulos, que creían que todo les estaba permitido (cf. Am 2.6–8). Ante el espectáculo generalizado de la venalidad y la corrupción, ellos manifestaron decididamente su solidaridad con las víctimas de la injusticia y denunciaron sin reserva a los opresores. Según sus enseñanzas, la fidelidad al Señor debía manifestarse no sólo en la observancia de ciertas prácticas culturales y religiosas, sino también, y sobre todo, en el ámbito de las relaciones sociales. Sin la práctica de la justicia, el culto puramente exterior era abominable para el Señor (Is 1.10–20; Am. 5.21–24).

La caída de Jerusalén. Los profetas anunciaron repetidamente que Jerusalén sería destruida y que sus habitantes caerían bajo la espada de sus enemigos, o serían llevados al exilio, si no se volvían al Señor de corazón. Pero ni el pueblo ni sus gobernantes hicieron caso a la palabra del Señor, y aquellos anuncios se cumplieron. El ejército de Nabucodonosor, rey de Babilonia,(586 A.C), sitió la ciudad santa, y esta no pudo resistir al asedio. Los invasores entraron en Jerusalén, la saquearon, incendiaron el templo, se llevaron sus tesoros y vasos sagrados, y deportaron al sector más representativo de la población (2 R 25.1–21). El Salmo 74.4–9 describe con hondo dramatismo aquella catástrofe:
«Tus enemigos cantan victoria en tu santuario; ¡han puesto sus banderas extranjeras sobre el portal de la entrada! Cual si fueran leñadores en medio de un bosque espeso, a golpe de hacha y martillo, destrozaron los ornamentos de madera. Prendieron fuego a tu santuario; ¡deshonraron tu propio templo derrumbándolo hasta el suelo!.
Decidieron destruirnos del todo; ¡quemaron todos los lugares del país donde nos reuníamos para adorarte! Ya no vemos nuestros símbolos sagrados; ya no hay ningún profeta, y ni siquiera sabemos lo que esto durará».

El exilio. Comparado con la historia de Israel en su conjunto, el período del exilio fue relativamente breve: unos setenta años desde la primera deportación (2 R 25.18–21) hasta el edicto de Ciro, (2 Cr 36.22–23). Sin embargo, fue uno de los más ricos y fecundos en la historia de la salvación. Los israelitas meditaron sobre la catástrofe que les había acontecido, y esperaron con impaciencia que el Señor volviera a intervenir una vez más en favor de su pueblo (cf. Sal 137).
Una vez que se cumplió el término fijado por Dios (cf. Jer 29.10), los exiliados escucharon la voz de los profetas que les anunciaban el fin del cautiverio y una pronta liberación (cf. Is 40–55).
Cuando cayó Jerusalén, el rey Nabucodonosor estaba en el apogeo de su gloria. Pero a su país debía llegarle «el momento de estar también sometido a grandes naciones y reyes poderosos» (Jer 27.7). Los primeros indicios de la declinación de Babilonia se sintieron hacia el 546 a.C., cuando apareció en el escenario del Próximo Oriente Antiguo un nuevo protagonista: Ciro, el rey de los persas. Entonces los exiliados pudieron esperar su liberación y el fin de la catástrofe (cf. Is 40–55). Esta se realizó en el año 539 a.C., con la caída de Babilonia.

La vuelta del exilio. El edicto de Ciro—del que la Biblia conserva dos versiones (Esd 1.2–4; 6.3–5)—autorizó a los deportados el regreso a Palestina. Este retorno fue paulatino. La primera caravana de repatriados llegó a Judá al mando de Sesbasar (Esd 1.5–11), que era una especie de alto comisario del imperio persa. Pero Sesbasar desapareció pronto de la escena y en lugar de él apareció Zorobabel. La reedificación del templo, que había empezado Zorobabel con mucho entusiasmo, se vio obstaculizada por las hostilidades de los samaritanos; pero estimulado por los profetas Hageo y Zacarías, Zorobabel puso de nuevo manos a la obra y en el año 515 a.C. el templo quedó terminado.
A partir del edicto de Ciro fueron llegando a Jerusalén sucesivas caravanas de repatriados. Muchos otros judíos, en cambio, prefirieron quedarse en la diáspora, donde habían prosperado económicamente, llegando a desempeñar, algunas veces, cargos de importancia como funcionarios del imperio persa (cf. Neh 2.1).
Con el paso del tiempo, la situación política, social y religiosa de Judea se fue deteriorando cada vez más. Entre los factores que contribuyeron a ese proceso hay que mencionar las dificultades económicas, las divisiones en el interior de la comunidad y, muy particularmente, la hostilidad de los samaritanos.
Nehemías, que a pesar de ser judío era un alto dignatario en la corte del rey Artajerjes I, se enteró de que la ciudad de Jerusalén aún se encontraba casi en ruinas y con sus puertas quemadas. Entonces solicitó y obtuvo ser nombrado gobernador de Judá para acudir en ayuda del pueblo. Su valentía y firmeza superaron todas las dificultades, y en muy poco tiempo se restauraron los muros de la ciudad. Luego se dedicó a repoblar la ciudad santa, que estaba casi desierta, y tomó severas medidas para defender a los más desvalidos y para reprimir algunos abusos (Neh 5.1–12), siendo él mismo el primero en dar el ejemplo (Neh 5.14–19). Un tiempo después volvió por segunda vez a Jerusalén y completó la reforma que había iniciado (Neh 10).
Esdras, sacerdote y escriba que también había estado en Babilonia, erudito de la Torá, que llegó a Judá en el 397 a.C. desempeñó un papel igualmente importante en esta acción reformadora.
Las reformas de Nehemías y Esdras, pretendían restaurar la pureza de Israel, insuflaron una santidad renovada a Jerusalén, que se refleja en muchos salmos de alabanza compuestos después del exilio, (Sal.122:2-4).

3.   Los Profetas y las Profecías.


La idea básica de la profecía es la revelación de la mente divina sobre cualquier tema y no solamente la predicción del futuro, ni la postulación de misterios o enigmas, como suele pensarse.

A. El valor de la Profecía.
En primer lugar, su valor principal había de ser para la posterioridad, más que para su época, según afirma el apóstol Pedro: "A los cuales fue revelado, que no para sí mismos, sino para nosotros administraban las cosas que ahora os son anunciadas de los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; en las cuales desean mirar los ángeles" (1 Ped. 1:12). El valor principal de la profecía es, entonces, con respecto a Cristo, su evangelio y su reino.
En segundo lugar, el cristiano debe considerar que la profecía existe como una revelación orientadora para su propia vida, para que entienda cómo debe andar en este mundo. Sobre este punto escribe Pedro: "Tenemos también la palabra profética más permanente, a la cual hacéis bien de estar atentos como una antorcha que alumbra en lugar oscuro hasta que el día esclarezca..." (2 Ped. 1:19).
Un tercer valor de la profecía existe en aquel mensaje inmediato al pueblo de aquella época, que fue parte de la misma historia de la redención divina en la que Dios obraba directamente en su pueblo, salvándolos, y continuando sus preparativos para el advenimiento del Salvador. Considérese por ejemplo la profecía de Jeremías con respecto a los setenta años de cautiverio y la restauración posterior, mediante la que el Señor conservó a la nación como instrumento para trae el Cristo al mundo.

B.   La llamada "Doble Referencia" en las Profecías.
Con frecuencia cuando los profetas dirigían su mensaje al pueblo de sus tiempos, eran guiados por el Espíritu a hablar del futuro, especialmente en relación con la venida del Mesías y su reino. Para ello, usaban un lenguaje hiperbólico. En el sentido más completo, su lenguaje debía entenderse como refiriéndose a Cristo y sus tiempos.
Algunos prefieren considerar la referencia en tales profecías como tratando del futuro inmediato y sólo en un sentido figurado el lejano futuro. Para ellos, el lenguaje de la profecía no se debe considerar como necesariamente literal, y por tanto, sin ningún cumplimiento exacto.
Por otro lado, algunos niegan completamente la aplicación futura de tales profecías, pero considerando que el ministerio de las Escrituras había de ser para todas las edades, será mejor entender que tales profecías hablaron principalmente del futuro más lejano; y que con frecuencia tenían aplicación a su época inmediata sólo en un sentido figurado o hiperbólico.

C.   La Profecía mediante la Historia.
La posibilidad de esa doble o múltiple referencia en las profecías, se debe al hecho que Dios evidentemente ha planeado el desenvolvimiento de la historia, tanto futura como pasada, sobre semejantes principios de trato con el hombre, y a su repuesta característica hacia Dios y su voluntad revelada


D. El cumplimiento de la Profecía por Escalas.
Estrechamente relacionada con la características llamada doble referencia, existe otra que podemos denominar el aspecto telescópico. Este consiste en que la profecía presenta como cumplidos todos los detalles de ella, sin distinguir el tiempo de su cumplimiento.

E. Los Principios Para Interpretar La Profecía.
I           El intérprete debe tomar en cuenta que las profecías de las cosas futuras se relacionan con la historia contemporánea del profeta.
Por ejemplo, Juan escribió el Apocalipsis para consolar y animar a los creyentes que sufrían en las persecuciones romanas. Isaías escribió a los cautivos en Babilonia acerca de una gran Libertador (59:20), pero no se cumplirá la profecía hasta que Jesús venga.

II.  Las palabras de los profetas deben ser tomadas en el sentido literal.
Ø  A menos que el contexto, o la forma en la cual son cumplidas, indique claramente que tiene un sentido simbólico.
Ø  Nombres simbólicos tales como “Babilonia”,1 Pedro 5:13 (probablemente era una referencia oculta a Roma) y “Sodoma y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado”, Apoc. 11:8 (Jerusalén), deben ser interpretados en el sentido simbólico.

III. Ciertos elementos de la profecía deben ser interpretados en términos de sus equivalentes, analogías y cosas correspondientes.

IV. Algunas profecías se cumplen por etapas o tienen más de un cumplimiento.
v  La profecía del derramamiento del Espíritu (Joel 2:28-32), no fue plenamente cumplida en el día de Pentecostés.
v  Aunque el anticristo de 2 Tesalonicenses es una sola persona, Juan indica que ya había anticristo en su época (1 Juan 4:3).

V. Debemos tomar en cuenta la perspectiva profética en ciertas profecías.
Ø  La visión del profeta a veces pasa del cercano futuro al lejano futuro sin advertencia. Por ejemplo, en Isaías 61:1,2, se describe el ministerio mesiánico de Jesús y el día final del juicio, “el día del Dios nuestro”, sin indicar que son eventos separados por milenios.
Ø  También, los eventos de Mateo 24 (la destrucción de Jerusalén, el fin del siglo y la segunda venida), son presentados como  si todos pasasen seguidos.
Ø  El intérprete debe distinguir entre lo que está cerca y lo que está  por cumplirse en el lejano futuro.

VI. Las profecías se interpretan mejor al cumplirse.
El intérprete debe evitar ser dogmático en cuanto a los aspectos oscuros de la profecía.

D.   Reglas para interpretar Profecía.

Las siguientes consideraciones nos ayudarán a entender las siguientes reglas para la interpretación de la profecía:

a)      Téngase en cuenta que la verdadera interpretación de la profecía es con respecto a Jesús. Por tanto, nadie tiene derecho de interpretar "particularmente", sino de acuerdo con el temor de todas las demás profecías y mediante la ayuda del Espíritu de Dios (2 Ped. 1:20, 21).

b)      Póngase en lugar de primera importancia las declaraciones escriturales sobre el cumplimiento de determinada profecía.

c)      Recuérdese  que el espíritu  o impulso de la profecía es el rendir testimonio a favor de Jesús como el Cristo (Apoc. 19:10).

d)     Nótase que las profecías con frecuencia tienen más que un solo cumplimiento; es decir, el inmediato y también el lejano.

e)      Nótase que el cumplimiento de los detalles de la profecía puede efectuarse en épocas muy distante la una de la otra.

f)       Obsérvese que las profecías se componen tanto de lenguaje figurado y poético, como de lenguaje literal y de prosa.

g)      La interpretación debe ser literal o figurada según el carácter del contexto.

4.   Los Profetas y las Profecías en nuestros tiempos.


v  Nos encontramos que en gran parte de los Pentecostales enfatizan la manifestación del Espíritu Santo a través del don de la profecía, la cual genera que los creyentes que poseen este don espiritual dentro de sus comunidades adquieren una importancia, en la mayoría de los casos no tienen la mínima preparación, no saben en que consiste, como ejercerlo, como poderlo desarrollar en beneficio de su ministerio o de la iglesia, lo que en el tiempo a provocado gran escepticismo en varias congregaciones debido a la incongruencia entre la profecía entregada y la realidad, provocando un daño inconmensurable en las vidas espirituales de muchos creyentes.

"... porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo." (R.V-1960 1 Pe. 1:21)

v  Podemos deducir que el factor que más a influido en esta situación es la negligencia inexcusable de los lideres que no han sabido instruir a sus congregaciones o preparar a sus miembros para ejercer el don que el Espíritu Santo a capacitado al creyente.

"Si esto enseñas a los hermanos, serás buen ministro de Jesucristo, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido. Desecha las fábulas profanas y de viejas." (1 Ti. 4:6-7).

v  En el ambiente anárquico de nuestra sociedad, la obligación primordial de los lideres es colocar las cosas en el orden debido de acuerdo a la sana doctrina, las manifestaciones de los profetas y las profecías deben enmarcarse dentro del orden bíblico y de acuerdo a la voluntad de Dios y no a los sentimientos o inspiración humana.

"sí pues, hermanos míos, aspiren al don de profecía, y no prohiban que se hable en lenguas; pero háganlo todo decentemente y con orden." (Dios Habla Hoy, 1Co. 14:39-40).

v  La profecía ocupa un lugar relevante dentro de la fe de los creyentes, en un ambiente que la desorientación y frustración ha mermado la voluntad y carácter de las personas, estas buscan refugio en la esperanza que Dios los pueda socorrer, afirmándose en lo sobrenatural con credulidad, un mal profeta puede producir un gran daño en la fe de estos creyentes, por lo cual el líder debe estar preparado y atento, el discernimiento debe ser el arma de todo líder para distinguir lo que es de Dios o lo humano.

"Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo" (R.V. 1960 1 Jn. 4:1)

"Queridos hermanos, no crean ustedes a todos los que dicen estar inspirados por Dios, sino pónganlos a prueba, a ver si el espíritu que hay en ellos es de Dios o no. Porque el mundo está lleno de falsos profetas."  (Traducción Dios Habla Hoy  1 Jn. 4:1)       

v  Podemos concluir que la manifestación de la profecía debe reunir ciertas exigencias en el profeta, este debe tener control, debe ser realmente inspirados por el Espíritu Santo, en sus actuaciones y dichos debe ser decentemente y en orden. La congregación tiene la obligación de saber discernir las cosas espirituales para que no sean engañados.

"de esta manera todos, cada uno en su turno correspondiente, podrán comunicar mensajes proféticos, para que todos aprendan y se animen. El don de profecía debe estar bajo el control del profeta, porque Dios es Dios de paz y no de confusión." (Traducción Bíblica Dios Habla Hoy 1998 1Co. 14:31-33).

v  Siempre debemos tener presente, el que comunica mensajes proféticos, lo hace para edificación de la comunidad, y la anima y consuela. Por lo tanto la profecía debe tener tres objetivos: edificación, exhortación y consolación, por que ella tiene como  misión primordial edificar a la iglesia, el apóstol Pablo aconseja en 1 Co. cap. 14, que debemos procurar tener en abundancia aquellos dones  que ayudan a la edificación de la iglesia, y abundar en aquellos dones, que sirvan para la edificación de la iglesia.
 "Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis." (1 Co. 14:1).

"Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación. " (1 Co. 14:3). 

"Así también vosotros; pues que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia."(1 Co. 14:12).

5. Lo apropiado y deseable de la profecía, PROFECÍA




El propósito de la vida de la iglesia del NT es ser bendecida por la presencia del don de profecía. Tal como Pablo lo declara aquí, (1 Co. 14:1) al hacernos ver que el amor es nuestra búsqueda primordial, la profecía ha de ser bien recibida para la «edificación, exhortación y consolación» de la congregación, colectiva e individualmente (v. 3). Semejante aliento o estímulo de unos a otros es «profecía», no «palabras» en el sentido de la Biblia, la cual usa las palabras mismas de Dios, pero por medio de palabras humanas que el Espíritu Santo singularmente trae a la mente.
La práctica del don de profecía es un propósito de la plenitud del Espíritu Santo (Hch 2.17). En ella se cumple también la profecía de Joel (Jl 2.28) y la esperanza que tiempo antes expresara Moisés (Nm 11.29).
Pedro le da su respaldo a la operación del don de profecía (1 P 4.11), y Pablo dice que este don está dentro de las posibilidades de cada creyente (1 Co 14.31). Este don tiene la intención de suscitar una amplia participación entre los miembros de la congregación, en la que todos se beneficien recíprocamente con palabras de unción y de amor que edifican espiritualmente y profundizan el entendimiento. Tal profecía puede proveer una ampliación del entendimiento, que los corazones se vuelvan humildes para la adoración a Dios y, de pronto, se den cuenta que el Espíritu Santo tiene conocimiento de su necesidad y está dispuesto a contestar la oración (1 Co 14.24, 25). Esta clase de profecía es también un medio por el cual se impulsa y provee visión y expectación, sin las cuales la gente se vuelve pasiva o descuidada (1 S 3.1; Pr 29.18; Hch 2.17). Estas orientaciones específicas sobre cómo utilizar el don de profecía, tal como sucede con todos los dones del Espíritu Santo, tienen el propósito de evitar que un don suplante el ejercicio de otros, o usurpe la autoridad del liderazgo espiritual. Aún más, toda profecía está subordinada a la disciplina de la Palabra eterna de Dios, la Biblia, la norma por la que toda expresión profética en la iglesia debe ser juzgada (1 Co 14.26–33). (Ef 1.17–19; 2 P 1.16–19) J.W.H.

6. Los Falsos Profeta


En la Biblia mencionan que existen falsos Profetas, persona que afirma falsamente poseer total revelación de Dios, que puede predecir hechos futuros o que tiene el poder de Dios para hacer milagros, señales y maravillas.
En Apocalipsis encontramos un falso profeta que engañará a la gente con falsos milagros y matará a los que se nieguen a adorar a la bestia, pero que al final será arrojado al lago de fuego (Ap 19.20). En la Biblia, los falsos profetas caen en tres categorías generales:

1. Los que adoran falsos dioses y sirven a ídolos.
2. Los que falsamente afirman que han recibido mensajes de Dios.
3. Los que se desvían de la verdad y dejan de ser verdaderos profetas.

6. El Anticristo


También existen los Anticristo, que puede significar tanto en contra de Cristo o en lugar de Cristo, o quizás, combinando ambos significados, «uno que, asumiendo el papel de Cristo, se opone a Cristo». La palabra se halla solamente en las Epístolas de Juan:

(a)    de los muchos anticristos que son precursores del mismo anticristo (1 Jn 2.18, 22; 2 Jn 7);
(b)   del poder del mal que ya opera en espera del anticristo (1 Jn 4.3).

Lo que el apóstol dice de él se asemeja tan estrechamente a la primera bestia de Apocalipsis, y a lo que dice Pablo acerca del hombre de pecado en 2 Ts 2. Parece que es la misma persona la que está a la vista en estos pasajes, siendo distinta la segunda bestia en Ap 13, el falso profeta; porque esta última apoya a la primera en sus pretensiones anticristianas.

Falso Cristo, tiene que distinguirse del anterior; se halla en Mt 24.24 y Mc 13.22. El falso Cristo no niega la existencia de Cristo, sino que se apoya en la esperanza de su aparición, afirmando que él es el Cristo. El anticristo niega la existencia del verdadero Dios.

Juan Salgado Rioseco

BIBLIOGRAFÍA

1.                  Claves de Interpretación Bíblica. Thomas Fountain (Ed. Bautista Publicaciones).

2.                  La Biblia. Armando J. Levoratti (Sociedades B. Unidas).

3.                  Curso I.B.P. sede Concepción, Chile. David Miranda

martes, 27 de noviembre de 2012

La Gran Comisión de Jesús



Comisionar significa: autorizar, nombrar, encargar, investir, enviar y confiar en una comisión. La comisión fue dada directamente a los apóstoles por nuestro Maestro Jesús, lo que posteriormente proseguida por los Padres de la Iglesia y todos aquellos que perseveraban en la doctrina de los apóstoles.
La gran comisión mandada por Jesus significa mucho mas que evangelizar, el evangelismo es solamente el principio de la tarea, los convertidos deben ser discipulados, las iglesias deben ser plantadas, los ancianos deben ser ordenados, los santos deben ser perfeccionados, la obra empieza antes que el evangelismo tome lugar. 
El trabajo del Cuerpo de Cristo es vasto, sin embargo tiene una misión prioritaria la que fue dada directamente por su “cabeza”, la que debe ser cumplida estrictamente, si la omitimos dentro de nuestras actividades eclesiásticas, simplemente estamos delinquiendo ante la presencia de Dios, por no amar los mandamientos de su Hijo amado en el cual Él tiene complacencia.

El mandato de Jesucristo:

“Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”. Marcos 16:15
“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado;…”
Mateo 28:19-20
El ejemplo de Jesucristo:
«Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis».                                Juan 13:15.

De la Comisión pastoral emanan dos mandatos que el Cuerpo de Cristo debe cumplir: Predicar el Evangelio y Haced discípulos. Estos dos mandatos son lo que se denomina la MISION DE LA IGLESIA

¿Cómo la Iglesia cumple esta Misión?: Predicad el Evangelio y Haced Discípulo

Lo que significa el término: “Evangelio”.
La palabra evangelio en castellano, proviene del latín, evangelĭum, y que a su vez se origina del vocablo griego, evangelion (εὐαγγέλιον), que significa buenas nuevas. De igual forma la palabra reino, simplemente significa “gobierno”. Por tanto; es correcto decir que Cristo predicó “las buenas nuevas del gobierno de Dios”.
Al inicio del Evangelio
Juan el Bautista predicó el mensaje del Reino.
 “En aquellos días Juan el Bautista vino predicando en el desierto de Judea, y diciendo,” Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca. “(Mateo 3:1,2).
Jesús predicó el mensaje del Reino.
A partir de ese momento Jesús comenzó a predicar y a decir: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca.” (Mateo 4:17).
Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino,… (Mateo 4:23)
El Evangelio es “Cristocentrico”
La predicación del evangelio está centrada en la persona de Jesucristo. Dios ordena a todos los hombres que crean en el Señor Jesús.
El Señor resume este mandamiento cuando declara: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:29).
Igualmente, el apóstol Pablo declara: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”. Hechos 16:31.
El Señor muestra el lugar central que mantiene la fe cuando dice: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna. (Juan 6:47). Resume la situación en una palabra:” El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.” (Juan 3:36).
El Señor Jesucristo explica claramente por qué él es así: “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.” (Juan 3:18-19).
La comisión de Jesús con respecto a la Predicación

Lucas registró que Jesucristo comisionó a sus discípulos a predicar el mensaje del reino:

“Habiendo reunido a sus doce discípulos…Y los envió a predicar el reino de Dios” (Lc. 9:1-2).

Poco después, Él envió a otros setenta a predicar, llevando también el mismo mensaje del “reino de Dios” (Lc. 10:1, 9).

Jesús llamó a los hombres a predicar el reino
“Jesus said to him, ‘Let the dead bury their own dead, but you go and preach the kingdom of God.’” (Luke 9:60)Jesús le dijo: ‘Dejen que los muertos entierren a sus propios muertos, y tu ve y predica el reino de Dios” (Lucas 9:60).
Jesús puso tiempo a la predicación: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin”. (Mt. 24:14)

¿Qué es un Discípulo?
      Un discípulo es aquella persona que aprende alguna enseñanza o doctrina de un maestro.
      En otras palabras; un discípulo es alguien que se coloca en una actitud de aprender algo de otra persona.
      Además es un partidario de su maestro; es aquel que aplica y propaga las enseñanzas de su maestro; de ahí que se les mencione como imitadores de su maestro (Jn 8.31; 15.8.).

Hacer discípulos.
Es dar cumplimiento a uno de los mandatos de la comisión pastoral, es llevar a una persona a un cambio de conducta que refleje la integración de los valores cristianos en la vida cotidiana y la integración a la iglesia como un verdadero adorador y crecer en lo personal en beneficio de la comunidad al cual está integrado; es capacitarlo en el servicio a Dios para poder enviarlo a ejercer el ministerio con los medios necesarios para que actué con idoneidad y eficacia en la labor encomendada.

¿Qué debemos discipular?
Jesús ordeno: “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado;…” Mateo 28:20

La palabra enseñándoles, se tradujo del griego “didasco”  que significa instruir y enseñar sistemáticamente.

La palabra guardar, en este versículo, se traduce del griego “tereo” que tiene, entre otros significados, el de obedecer. También la palabra “tereo”  significa “conservar” y tiene la connotación de permanecer en la práctica de una enseñanza.

La ordenanza de Jesús: Él dice “vayan y hagan discípulos, enseñándoles sistemáticamente a permanecer, a conservarse firmes en la observancia de los mandamientos establecidos por Dios”.
El mandato de Jesús es preciso, no tan solo “Predicad”,  sino “Haced discípulos “, es el deber tanto individual como colectivo, cuando no lo cumplimos delinquimos ante el Señor.
Delinquir, etimológicamente, procede del latín “delinquĕre” , palabra compuesta de “de que significa “completamente” más “linquere” “ dejar”, con lo que literalmente tendríamos el resultado de “dejar sin hacer”. Si llevamos el término un poco más allá, sin forzarlo, obtendremos que quiera decir “no cumplir con el deber”. La iglesia debería asumir lo que ha ordenado su Maestro.
Es fundamental que todo cristiano sea bien discipulado, que conozca lo que ha de hacer en el tránsito por esta vida.

Pablo escribe en 1 Timoteo 6:3-4  “Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido, nada sabe, y delira acerca de cuestiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas…”

Hacer discípulos es fundamental en  el fortalecimiento de la iglesia. Sin producir discípulos de Jesús, una congregación no tiene futuro. Los discípulos, conforme aprenden, se van integrando al servicio de Dios.

El propósito fundamental de hacer discípulos es poder evangelizar con mayor eficacia. Los métodos que se utilizan en un discipulado es la enseñanza sistemática, la cual llamamos “sana doctrina”,  la enseñanza de las cosas o hechos relacionados con Dios; o el estudio y conjunto de conocimientos acerca de la divinidad: Esto es Teología.

Juan Salgado Rioseco



jueves, 11 de octubre de 2012

El servicio a Dios



 Jesucristo infundió a sus discípulos a tener un espíritu de servicio:
“Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de los demás; así como el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mateo 20:26-28 NVI).
 
“Porque, ¿quién es más importante, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No lo es el que está sentado a la mesa? Sin embargo, yo estoy entre ustedes como uno que sirve”. (Lucas 22:27) 
 
El apóstol Pablo nos motiva a tener una manera de pensar acorde al Maestro: “La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos.” (Flp 2:5-7 NVI) 
 
Con origen en el término latino “servitĭum”, la palabra servicio define a la actividad y consecuencia de servir, un verbo que se emplea para dar nombre a la condición de alguien que está a disposición de otro para hacer lo que éste exige u ordena.
 
La Real Academia de la lengua Española define la palabra servir como: Estar sujeto a otro por cualquier motivo, aunque sea voluntariamente, haciendo lo que él quiere o dispone.
 “Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando fielmente la gracia de Dios en sus diversas formas. El que habla, hágalo como quien expresa las palabras mismas de Dios; el que presta algún servicio, hágalo como quien tiene el poder de Dios. Así Dios será en todo alabado por medio de Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.” (1 Pe. 4:10-11 NVI) 
 
En este pasaje bíblico, de acuerdo a la traducción NVI, aparecen mencionado dos veces la palabra “servicio”, además, con la condicionante  que instan ha administrar bien el “don de servicio”, y esto debe asumirse que uno tiene “el poder de Dios”, si se cumple con esta condicionante “Dios será en todo alabado por medio de Jesucristo”. Casi 1400 años antes, Josué el sucesor de Moisés, enfrenta al pueblo de Israel con un gran desafío: “Por todo esto, respeten y honren al Señor. Sírvanle con integridad y de todo corazón. Echen fuera a los dioses que sus padres adoraron en el otro lado del río y en Egipto, y que aún están entre ustedes, y en su lugar sirvan al Señor. Pero si no les parece bien servirle, escojan hoy a quién quieren servir, si a los dioses que sus padres adoraron cuando aún estaban al otro lado del río, o a los dioses que sirven los amorreos en esta tierra donde ahora ustedes viven. Por mi parte, mi casa y yo serviremos al Señor.” (Jos 24:14 – 15 NVI). Este desafío aun se encuentra vigente,  el ser humano siempre se encuentra en la disyuntiva de hacer frente la decisión de servir a Dios o encaminar sus pasos por los senderos del humanismo contrario a la voluntad de su creador. Sin embargo, el ser humano divaga por sendas de ambigüedades, la inconstancia y la falta de motivación al servicio a Dios, hace que el fruto o resultado sea deficiente o no este a la altura a lo que Dios desea, el apóstol Pablo escribe “Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica”. (Efesios 2:10, NVI). Pablo con propiedad, nos insta a ser siervo de Jesucristo, en todas las introducciones de sus cartas reconocía su condición de siervo “Pablo, siervo…”, hay pruebas indubitables que su comportamiento como cristiano supero las perspectivas del mas optimista al tener conocimiento de su conversión.
 
Él era un apóstol, reconocido y de renombre, con distinción en el conocimiento del judaísmo como ningún otro, incansable propagador del evangelio de Jesucristo, infatigable a pesar de todas las circunstancias adversas que le toco vivir, merecía un puesto de honor y de reconocimiento dentro del cuerpo de Cristo, sin embargo, constantemente se refería a si mismo como un “siervo” de Jesús, ¡que maravillosa lección!, de humildad, de negación a si mismo, de honestidad, estaba consciente de sus suficiencias, pero reconocía su  dependencia de Dios, sin ambigüedades, “Es más, me presenté ante ustedes con tanta debilidad que temblaba de miedo. No les hablé ni les prediqué con palabras sabias y elocuentes sino con demostración del poder del Espíritu, para que la fe de ustedes no dependiera de la sabiduría humana sino del poder de Dios. (1 Co 2:3-5, NVI). ¡Que modestia! Una actitud que debiéramos tener todos, sin excepción lo “siervos de Jesucristo”.
 
Al conocer el obrar del apóstol de los gentiles, y reconocer su obra que aun perdura en el tiempo a pesar de los siglos, solo queda de poner en practica su consejo a los hermanos de Filipo “Por tanto, si sienten algún estímulo en su unión con Cristo, algún consuelo en su amor, algún compañerismo en el Espíritu, algún afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento. No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás. La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús,…”  (Flp 2:1-5, NVI).
 
 Pablo en su carta magna doctrinal escribe “Así que, hermanos, os exhorto por la gran misericordia de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro servicio racional”. (Ro. 12:1, BTX), en este pasaje bíblico, nos da tres características  que debe tener en su servicio a Dios el ser humano, lo que trae como implicación, que el servir a Dios va mas allá de un simple deseo sentimental, sino en forma integra que logre captar la atención de Dios.
 
“Todo lo que hagan, háganlo de buena gana, como si estuvieran sirviendo al Señor y no a los hombres”. (Col. 3:23, DHH), todo nuestro servicio, de cualquier índole, debe estar animado por un solo pensamiento, estarlo haciendo para Dios, ejecutándole de una forma positiva y motivadora, para que a través de estas acciones demos testimonio de  que la gran motivación de servicio surge de la fe en Cristo, como dice la ultima parte del versículo veinticuatro “porque a Cristo el Señor servís”. (RV). Si cada uno de nosotros entendiera estas verdades, las iglesias estarían llenas de obreros idóneos, de siervos que sin importar las actitudes de los líderes o pastores estuvieran dispuestos a efectuar grandes sacrificios en pro de la obra de Dios y no tendríamos miembros sin compromisos con su causa, desmotivados de servir, desencantados en pro seguir el camino a la eternidad.
 
Sin embargo, para definir con mas precisión el servicio a Dios, debemos recurrir al sentido que Jesús trato de enseñar y a la forma que el apóstol Pablo  transmitió esta enseñanza en particular, la palabra que mejor define el servicio a Dios, es la palabra griega “Doulos”, que significa “esclavo”,  que se traduce a menudo en nuestras traducciones como “siervo”, utilizando la palabra latina “servus”, de acuerdo a las versiones latinas de la Biblia. Por lo tanto, la idea general no la vemos si hacemos una lectura superficial a través del Nuevo Testamento traducido en español.
 
John MacArthur da dos razones por las que cree que se ha traducido así:
1.       “Los traductores han querido evitar cualquier forma de asociación entre la enseñanza bíblica y la trata de esclavos del Imperio Británico y de la época colonial americana.”
 
2.       “Desde una perspectiva histórica, en los tiempos finales de la Edad Media era común traducir Doulos con la palabra en latín “servus”. Algunas de las primeras traducciones influenciadas por la versión Latina de la Biblia, traducen Doulos como “siervo”, porque era la interpretación más natural de “servus”.”
 
El Theological Dictionary of the New Testament [Diccionario Teológico del Nuevo Testamento], la autoridad principal en cuanto al significado de los términos griegos en la Escritura, la palabra “doulos” se utiliza exclusivamente «ya sea para describir el estatus de un esclavo o una actitud que se corresponde con la de un esclavo». Por consiguiente, tenemos un servicio que no es una cuestión de opción para aquel que lo hace, el cual tiene que realizarlo sea que le guste o no, pues está sujeto como esclavo a una voluntad ajena, la de su dueño. El término acentúa la dependencia del esclavo a su señor.
 
La gran diferencia entre “sirviente y esclavo”: los sirvientes se contratan; los esclavos se poseen. Los sirvientes tienen un elemento de libertad al elegir para quién trabajan y qué hacen. La idea de servidumbre mantiene cierto nivel de autonomía propia y derechos personales. Los esclavos, por su parte, no tienen ni libertad, ni autonomía, ni derechos. En el mundo grecorromano, a los esclavos se les consideraba propiedad, al punto que a los ojos de la ley se les veía como cosas en lugar de como personas. Ser el esclavo de alguien era ser su posesión, atado a obedecer su voluntad sin dudar ni argumentar. Este el pensamiento que tenia el apóstol pablo cuando escribió “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo (esclavo), hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. (Flp 2:6-8) (La palabra esclavo, es la traducción más correcta de “doulos”).  El evangelio no es una simple invitación a ser un creyente de Cristo; es un mandato a convertirse en su esclavo, con una total dependencia en el autor y consumador de la vida.
 
“Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mar 10:45)  en este pasaje bíblico encontramos otra palabra que define nuestro servicio a Dios “diakoneō”, tiene el significado más amplio de servicio en el sentido de ayuda a los demás. La encontramos muchas veces traducida con los verbos servir, ayudar, administrar, asistir. En ese sentido Pablo escribió en Romanos 15:25 “Pero ahora voy a Jerusalén para servir a los santos.” (RVC), por lo tanto, el uso de esta palabra en las Escrituras está referido más bien al cuerpo de Cristo; todos los creyentes están llamados a rendir un servicio de culto al Señor, actuar como intermediarios entre Dios y una humanidad destrozada por el pecado y servir humildemente a los que tienen alrededor. El apóstol Pedro nos dice que el servicio a Dios es un servicio mutuo en el seno del cuerpo de Cristo “Como buenos administradores de los diferentes dones de Dios, cada uno de ustedes sirva a los demás según lo que haya recibido.” (1Pe 4:10) 
 
En 2 Co 9:12 leemos “Porque la ministración de este servicio no solamente suple lo que a los santos falta, sino que también abunda en muchas acciones de gracias a Dios;…” aquí encontramos la palabra “leitourgia, leitourgein”, también Pablo las usa en conexión con el servicio que le prestaron a él los filipenses y Epafrodito (Fil. 2:17, 30); servir a otros es una "liturgia" que Dios impone a los ciudadanos del reino, describe el servicio voluntario, asumido espontáneamente. De acuerdo a William Barclay en su libro Palabras Griegas en el Nuevo Testamento, “El cristiano es el hombre que trabaja para Dios y para los hombres; primero, porque lo desea de todo corazón, y, segundo, porque es compelido por el amor de Dios, que lo constriñe”.
 
El servicio que Dios demanda de cada uno de nosotros como seguidores de El seamos humildes y diligentes, Dios debe de ocupar el primer lugar siempre en nuestra vida, las prioridades deben ser programadas de acuerdo a la voluntad de El, y cuando estemos efectuando algún servicio, debe ser realizado con prolijidad, buscando siempre la perfección que Él se merece.
El servicio que Dios demanda es uno que esta comprometido a seguirle cueste lo que cueste, sea la circunstancia que sea, no importando en nada lo que nos pueda suceder en este servicio, de esta forma lo enseño nuestro amado Señor Jesús, “Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.” (Juan.12:26).
 
Dios quiere que le sirvamos, así se los demanda a cada uno de los que han aceptado a Jesucristo como su Salvador, pero este servicio para que pueda agradar a Dios debe ser: Con el alma y el corazón; solamente y únicamente a Dios; un servicio agradable a El; un servicio voluntario; con una actitud correcta; diligencia y prolijidad.
 
Si fallamos o somos negligentes en nuestro accionar al servicio de Dios, Él no lo aceptara, debido que no será grato antes su presencia.
 
“De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe; o si de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza;…” (Romanos 12:6-7) 
 
“ειτε διακονιαν εν τη διακονια…” (Romanos 12:7 WH).

Juan Salgado Rioseco 

Dios Santo y el Pecado (Parte VII)

El Servidor de Dios no debe quebrantar la Ley del Eterno y Santo para ser victorioso en la lucha contra el pecado. “ Ahora bien, ¿debe...