miércoles, 10 de agosto de 2011

El Hombre de Dios y la Palabra de Dios

En Abril de 1892, en uno de los discursos ante el Seminario Teológico de la Iglesia Reformada de América, está transcrito lo siguiente: "El agente y la agencia escogidos por Dios para la evangelización del mundo son estos dos: el hombre de Dios, el predicador cristiano; y la Palabra de Dios que es las Escrituras cristianas. No el hombre de Dios sin la Palabra de Dios, como han sostenido vanamente algunos; no la Palabra de Dios sin el hombre de Dios como unos protestantes han sido tentados a suponer; sino el hombre de Dios y la Palabra de Dios. Estos dos, Dios los ha juntado, y nadie debe apartarlos".


Nos encontramos en el inicio del tercer milenio, en las últimas décadas del siglo XXI, nuestras sociedades han sufrido importantes cambios, los avances han llevado al hombre a tomar decisiones transcendentales en el campo de las interelaciones humanas, de la ciencia y la tecnologia, lo que en este minuto es la última generación, mañana será obsoleto, pero existe algo que ha permanecido inalterable: El Hombre de Dios y La Palabra de Dios, donde se producen los más impactantes cambios, fue así en el siglo I, fue en el siglo XX, lo será en los siglos del tercer milenio.

En Juan 7: 14-18, esta escrito: “Mas a la mitad de la fiesta subió Jesús al templo, y enseñaba. 15Y se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado? 16Jesús les respondió y dijo: Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. 17El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta. 18El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia.”

La predicación del Señor Jesús estaba constantemente dirigida hacia la enseñanza de la Palabra de Dios, en ese momento representada por la Ley de Moisés, los Profetas y los Escritos, eran ellas sus fuentes, lo que Dios había hablado anteriormente a su pueblo. No existía entonces la Biblia como la conocemos en la actualidad, los escritos sagrados Hebreos era el Torah, los Profetas y los Escritos, y la ley transmitida oralmente llamada Talmud, dividía en la Misjna (autentica ley oral desarrollada desde los tiempos de Esdras) y la Gemará (era el comentario rabínicos a la Misjna).

Los estudiosos de los escritos sagrados judíos representados por la clase sacerdotal, escribas, y por las sectas religiosas de los saduceos y fariseos utilizaban las mismas fuentes, pero el sentido de ellas diferente a las enseñanzas del nuevo Rabí. Tenían una visión diferente a los principios de Dios, habían llegado a esa situación por factores externos a la misma palabra: doctrinas de hombre, la palabra había quedado sin el espíritu guiador del Espíritu de Dios, la misma cultura había cambiado, ya no era la cultura simple basada en su religión, sino en un sincretismo de influencias, primero la tradición de sus padres, las costumbres traídas del exilio babilonico, la influencia de los griegos a través del Seleucidas y Tolomeos, las costumbres de los romanos, la de los judíos de la diáspora repartidos por toda la cuenca del Mediterráneo, introducían en las costumbres de los judíos de Palestina hábitos diferentes a la idiosincrasia del pueblo de Dios, la política y los intereses económicos habían hecho del pensamiento judío apartarse del camino de Dios que les había enseñado a través de Moisés y los Profetas.

El fruto de todos estos factores: “Una letra muerta y gravosa, era una religión sin el Espíritu vivificador de Jehová”, Pablo en Ro. 7:6 lo escribe así: “ Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra.”

Si analizamos la situación actual de la Iglesia de Cristo, y la comparamos con la época de Jesús, vamos encontrar varios puntos de coincidencia, muchas veces criticamos bajo algunos aspectos bíblicos el accionar de otros y nos hacemos competentes por nuestras propias capacidades o lugares de privilegios que hemos alcanzado y no por el fruto propio de las doctrinas de Cristo, Pablo bien lo decía en 2 Co. 3:5,6: “no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, 6el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.” Muchas veces confundimos la Teología de los hombres vista de sus propias perspectivas y con la de Dios, sobre la visión que tiene del hombre, y el resultado de esta situación es el cáncer del divisionismo y de la critica sobre el obrar de otros, o el sentido de ignorancia del conocimiento de la genuina Palabra de Dios, o la imposición absolutista de dogmas que creímos bíblicos pero al simple analice a la luz de las Sagradas Escrituras no lo son, es la gangrena de estos tiempos modernos.

¿Porque esta situación?. Simplemente al hombre le falta el verdadero conocimiento de Dios, o ha descuidado su discipulado en Cristo, de otra manera, el hombre ha descuidado el aprendizaje de las enseñanzas de Jesús en pro de los dogmas y tradiciones humanas, su entendimiento no alcanza a visualizar los verdaderos planes del Supremo Hacedor, su comprensión es limitada por sus razonamientos, así está escrito en uno de los oráculos del profeta Isaías: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.”(Is. 55:8,9).

El proyecto de cristianismo que hacen los hombres, es producto de sus debilidades, influenciados por su cultura, sus tradiciones, sus intereses personales. Ha confundido la Palabra de Dios, su perspectiva de creyente la ha empequeñecido, por la falta de dirección, por la falta de doctrina, por que su espíritu no tiene las vivencias del espíritu de vida, en otras palabras es un hombre de Dios con proyectos en el valle de los huesos secos.

La visión del hombre es empequeñecida por la absurda ambición del poder absolutista, del dominio de las ideas y la subyugación del más débil, fiel ejemplo de este tipo de cristiano es Diótrefes el líder de una iglesia desconocida de Asia Menor, en la tercera carta de Juan, ¿cuantos discipulos de Diótrefes existen en la actualidad?.

La visión de Dios es el engrandecimiento del hombre a través de la glorificación de su Hijo, y del Espíritu libertador que el Creador entrega a aquellos que se esmeran de encontrar a través del conocimiento los grandes misterios encerrados en las Sagradas Escrituras.

Dios libera al hombre y revoluciona su vida bajo el contexto que el hombre es esclavo del pecado, y este lo mantiene atado al servilismo de dogmas y reglas de interpretación contrarias al pensamiento de Dios. La libertad de Dios empieza cuando el hombre decide liberarse del oprobio que produce los dogmas institucionalizados, impuestos por hombres carentes de la visión de Dios, y la única arma eficaz para vencer aquellos muros es el conocimiento de la palabra de verdad, entonces el hombre predicador estará en condiciones de ser el verdadero dispensador de la palabra que Dios necesita entregar para proseguir su obra. ( 2 Ti. 2:15).

En el Salmo 11, versículo 3 se hace una pregunta: “Si fueren destruidos los fundamentos ¿qué ha de hacer el justo?.” Es difícil encontrar una respuesta adecuada, de inmediato salta la pregunta ¿de donde serán destruidos los fundamentos de la iglesia, de adentro o desde afuera?.

Lo lógico, desde afuera, pensarán la mayoría, la iglesia desde el día de Pentecostés está siendo atacada y a lo largo de los siglos ha recibido toda clase de agresiones: persecuciones, martirios, flagelaciones, masacres, confiscaciones, etc., intentándola eliminarla, pero siempre ha sobrevivido y se mantiene en espera del Esposo. Desde afuera es difícil, la protección de Dios a través del Espíritu Santo siempre ha obrado a favor de ella, hasta que se cumpla su divino plan. El profeta Isaías nos dejó un legado de plena confianza en Dios: “Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos” (Is. 26:4). Jehová, tu mano está alzada, pero ellos no ven; verán al fin, y se avergonzarán los que envidian a tu pueblo; y a tus enemigos fuego los consumirá”.(Is. 26:11).

A finales del siglo I recibió el ataque de los herejes y los grandes maestros de entonces hicieron grandes apologías en defensa de la fe a través del estudio de la Palabra de Dios. En la edad media el poder absolutista utilizó la fe para sus intereses personales y el oscurantismo del conocimiento de las Sagradas Escrituras, negadas por el poder religioso, hizo temblar los cimientos de la iglesia, pero renació con más fuerza cuando el hombre de Dios se reencontró con la Palabra de Dios en los tiempos de la Reforma.

El racionalismo, el libre pensar de la interpretación de la Biblia, y el liberalismo teológico han puesto en jaque a la iglesia durante los tres últimos siglos del segundo milenio, en contra posición grandes avivamientos espirituales surgieron en busca del espíritu guiador de Dios, lo que condujo a la iglesia encontrarse con las manifestaciones del Espíritu Santo en diferentes latitudes, casi la mismo tiempo, por mencionar algunos, el movimiento de los Wesley, iniciado por el metódico (desde ahí el nombre de metodismo) estudio de las Sagradas Escrituras y la oración.

El primer día 1901 en Topeka, Kansas, de E.E.U.U. se derramó el Espíritu Santo, dando inicio a los avivamientos espirituales del mundo, influenciando a muchos que vinieron posteriormente entre ellos: Los Angeles, California en 1906 a través del pastor de color Guillermo J. Seymour, en su misión de la calle Azusa, punto de partida del movimiento pentecostal, el de 1909 en Valparaíso, Chile con W, Hoover, pastor metodista, todo esto fue producto del constante escudriñamiento de la Escrituras, el ayuno y la oración. Por lo tanto, desde afuera, es imposible porque Dios siempre acude en defensa de los suyos una de sus promesas dice : “El que habita al abrigo del Altísimo. Morará bajo la sombra del Omnipotente.” (Sal. 91:1), ha sido siempre así en todos estos siglos.

Desde adentro, es posible tomando en cuenta las palabras de Pablo “2 Ti. 3:1 “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos “, y subraya en el cap. 4:3,4 : “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”. O como aquellas mujercillas que hace mención Pablo a Timoteo que están “siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad” (2 Ti. 3.6).

El apóstol Pedro, también advierte sobre falsos maestros introducidos en la iglesia en su segunda carta a los creyentes (2:1-3), “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme.”

Y Judas en su carta no hace una severa advertencia al respecto. “Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo.” Y agrega “Pero vosotros, amados, tened memoria de las palabras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo; los que os decían: En el postrer tiempo habrá burladores, que andarán según sus malvados deseos. Estos son los que causan divisiones; los sensuales, que no tienen al Espíritu” .

Por lo tanto, podemos deducir que el gran peligro que tiene la Iglesia, no proviene desde sus acérrimos enemigos externos, sino que los grandes enemigos con mayor poder de destrucción provienen desde la misma Iglesia. El profeta Isaías escribe (1:3; 5:13), “El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento. Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo, porque no tuvo conocimiento; y su gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed.” El autor de Hebreos nos aconseja que “si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios”.(He. 10:26,27), y agrega: “Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (30, 31).

Existe un ejemplo dentro de las Sagradas Escrituras que gráfica con intensidad lo que puede ocurrirle a la Iglesia, el profeta Oseas nos dice que el pueblo de Israel “fue destruido, porque le faltó conocimiento”. Además agrega “desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos”(4:6). Este antecedente Bíblico nos debiera a hacer razonar el peligro que se cierne cuando el hombre de Dios desecha el conocimiento y olvida la Palabra de Dios. Esa forma de vida que la gran mayoría de los creyentes opta, les puede llevar a la destrucción, esa posición de displicencia hacia el aprendizaje puede ponerlos en contienda con Dios “Oíd palabra de Jehová, hijos de Israel, porque Jehová contiende con los moradores de la tierra; porque no hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra.” (Oseas 4:1).

El Salmista escribe (139:6,17): “Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; Alto es, no lo puedo comprender”.17¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!”, el genuino deseo del hijo de Dios es el constante aprendizaje de la Palabra de Dios, porque su conocimiento nos dará la autoridad, la fortaleza necesaria para corregir o defender la causa de Dios en forma idónea, “llenos de todo conocimiento, de tal manera que podéis amonestaros los unos a los otros“ (Ro. 15:14). O para llevar una vida acorde a la voluntad de Dios “para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios; y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno,” (Colosenses 1:10; 3:10).

Retomando la idea original, podemos darnos cuenta la importancia vital que existe entre el hombre de Dios y la Palabra de Dios, la enorme responsabilidad del dispensador de la Palabra de Dios, nuestros púlpitos serán grandes y con fundamento, cuando los predicadores tomen conciencia de que el conocimiento de la Palabra de Dios es una necesidad fundamental y básica de todo Hombre de Dios, que interpreta las Sagradas Escrituras, que transmita el pensamiento del Dios y sea portavoz de las grande nuevas de Salvación. El Hombre de Dios y la Palabra de Dios, estos dos, Dios los ha unido, y nadie debe apartarlos, los dos son inseparables, en el propósito de Dios para anunciar el verdadero y genuino Evangelio, anunciado por el Cristo hace dos mil años y proseguido durante lo siglos de los dos milenios anteriores por verdaderos discípulos que han tomado el estandarte del conocimiento como el único medio de perpetuar y solidificar los fundamentos de la Iglesia de Cristo.

Por lo tanto, nuestra obligación ética y moral es instar, persuadir, animar a los miembros de nuestras congregaciones al estudio permanente, sistemático y metódico de la Palabra de Dios, para que con moral podamos aconsejar posteriormente como Pablo lo hizo con Timoteo: “Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros. (2 Timoteo 2:2) o: “persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.” (2 Timoteo 3:14-15).

El Hombre de Dios y la Palabra de Dios son dos agentes poderosos y necesarios en la Iglesia, no hay expansión solo con el Hombre de Dios, no hay crecimiento solo con la Palabra de Dios, solo los dos unidos pueden realizar el mandato que Jesús dio a sus discípulos: ” Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; ...” (Mateo 28:19-20)

Juan Salgado Rioseco

martes, 9 de agosto de 2011

“Yeshua ha-Mashiach”, “Jesús es el Mesías”.


El gran anuncio neotestamentario es: “Yeshua ha-Mashiach”, “Jesús es el Mesías”. ¿Como se llega a este vital pronunciamiento y reconocimiento en la persona de Jesús de Nazaret?, ¿Por qué los escritores neotestamentarios asocian las promesas veterotestamentarias con respecto “al ungido” esperado de las escrituras hebreas con la persona de Jesús de Nazaret?

Analizando las raíces de la palabra hebrea que significa «ungido» “Mashiaj", podemos deducir la importancia que tiene en la fe cristiana el pensamiento del Antiguo Testamento que influencia a los escritores del Nuevo Testamento, de donde se deriva el término griego “Messiah", traducido en español “Mesías”. Su uso más común de “Mashiaj", en el Antiguo Testamento tiene que ver con «ungir» con el propósito de apartar a alguna persona u objeto para algún ministerio o función especial para Dios. Tenemos el ejemplo de Eliseo, fue «ungido» para ser profeta (1 R 19:16). Por eso David rehusó hacerle daño a Saúl porque este era «el ungido de Jehová» (1 S 24:6). Algunos Salmos expresan los ideales mesiánicos correspondientes a la línea davídica mediante el uso de la frase «su ungido [de Jehová]» (Sal 2:2; 18:50; 89:38, 51).

La idea de un “ungido”, no es solo a un rey en los últimos tiempos (rey escatológico), primero, Mashiaj se refiere a alguien que han ungido con aceite, simbolizando la unción del Espíritu Santo, en el contexto semita, esta palabra tiene que ver con el “dunamis” (poder) que se le otorga a una persona para realizar un trabajo específico. Es un término que se aplica a los sacerdotes que eran ungidos con el aceite sagrado, especialmente al Sumo Sacerdote (Lv. 4:3, 5,16). «Si el sacerdote ungido pecare según el pecado del pueblo» (Lv. 4:3 primer ejemplo bíblico). Los profetas recibían el nombre de “joi Kristoi Theou",  «los ungidos de Dios» (1 R 19:16; Sal 105:15).

El rey de Israel era en ocasiones mencionado como “Kristos tou Kuriou", «el ungido del Señor» (1 S 2:10,35; 24:6; 2 S 1:14; Sal 2:2; 18:50; Hab. 3:13). El título “el Ungido de Jehová” fue aplicado a Saúl (1 Sa. 24:6), a David (2 Sa. 19:22), a Sedequías (Lam. 4:20), al rey Davídico (1 Sa. 2:35; Hab. 3:13), y a un personaje no israelita, Ciro de Persia (Is. 45:1, 11).

Bastante interesante resulta que a la única persona que se le llamó «Mesías» (traducido «ungido en RVR) en el Antiguo Testamento fue a Ciro, rey pagano de Persia, a quien Dios encomendó la tarea de restaurar a Judá a su patria después del cautiverio (Is 45.1). En este caso, la unción fue más metafórica que literal, puesto que Ciro no estaba al tanto de su consagración para este propósito divino. En el caso de Ciro, el Espíritu de Dios lo ungió con la comisión especial de ser libertador de Israel (Is 45.1). Según F:F: Bruce, “la referencia a Ciro ayuda a dar algunos de los elementos más prominentes del concepto mesiánico del Antiguo Testamento”. Ciro es descrito como hombre escogido por Dios (Is. 44:28) para cumplir un propósito de redención para el pueblo escogido (Is. 45:11) y a traer juicio sobre los enemigos de Dios (Is. 45:1), sobre los cuales habría de tener dominio. Analizando lo sucedido en la época de Ciro, podemos concluir que este rey Persa actúo como un agente de Dios, aunque su labor fue secular como alguno de los reyes de Israel (Jehú 1 Re. 19:16) al mismo tiempo tiene una clara figura soteriológica, lo que va caracterizar posteriormente los conceptos más desarrollados del Messiah.

Habiéndose visto el próspero reinado de David, durante la época inmediata después de David (900–700 a.C.), y luego la decadencia bajo el gobierno de sus hijos, el pueblo hebreo esperaba que cada nuevo rey mostrara las características de un «ungido de Dios», se esperaba la venida de un rey que tuviese su trono «para siempre», el cual volvería a traer paz y prosperidad al pueblo. Pero con el fracaso sucesivo de los distintos reyes, se comenzó a proyectar esa esperanza más hacia el futuro. Ante cada calamidad de Israel, se esperaba un pronto auxilio de Dios mediante su Mesías. Con el paso de los tiempos la idea generalizada fue apuntando hacia el «Messiah » libertador, político y restaurador del reino «Se presentan los reyes de la tierra, y los gobernantes consultan unidos contra Jehová y su Ungido» (Sal 2:2 RVA). Daniel 9:25 contiene una transliteración del término: «Conoce, pues, y entiende que desde la salida de la palabra para restaurar y edificar Jerusalén hasta el Mesías Príncipe». La «esperanza mesiánica» consistía en esperar que Dios, con su Mesías como instrumento, establecería para siempre a su pueblo. Se clamaba por un futuro glorioso donde el Mesías sería figura prominente.

Con base en la profecía de Natán (2 S 7:12–16), y alentado por los profetas escritores, el pueblo hebreo esperaba durante cada crisis política a un hombre («el ungido»); alguien que traería la liberación y ante quien cualquier resistencia, por parte de sus enemigos, sería anulada por ser el Mesías invencible. Para los profetas escritores, desde Amós (siglo VIII), el Mesías esperado era un personaje con un poder sin límite que establecería definitivamente la paz y la justicia sobre el mundo (Is 9:7; 11:4; Os 14:2–9; Am 9:11–15). Jeremías dice que será un gran libertador (Jer.23:5, 6), su origen se remonta a los días de la eternidad (Mi. 5:1-5), establecerá para siempre el trono y el reino de David (Is. 9:5-7). La segunda parte de Isaías hace hincapié en una figura que recibe el nombre de “Siervo de Jehová” que en lugar de dominar es oprimido y angustiado, y en vez de vengarse de sus enemigos humildemente acepta el injusto castigo que estos le dan (Is 53:1–9).

Por otra parte, para Jeremías el Mesías tiene más bien una función sacerdotal; es un personaje que representa a Dios dentro del pueblo escogido, y que también representa al pueblo ante Dios. Tiene el derecho de perdonar pecados y su misión es ayudar al pueblo (Jer 23:5, 6; 30:9; 33:8, 15–18). Zacarías muestra al Mesías como «justo, salvador y humilde» (Zac 9:9).

La esperanza de que Dios levantara a un Mesías para liberar a Judá de sus enemigos, especialmente de los babilonios, mengua cuando las tropas de Nabocunosor destruyen a Jerusalén en el 586 a.C., y la esperanza se proyecta cada vez más al futuro. Se piensa en un futuro remoto cuando el Mesías vendrá al fin de los tiempos. Así, pues, se comienza a dar un matiz escatológico al significado del título Mesías, matiz que va en aumento hasta llegar a la época de Jesús.

El Mesías esperado en el Antiguo Testamento es, de una forma u otra, una figura de Salvación para el pueblo, ya sea de sus enemigos políticos o de sus pecados contra Dios.

La literatura ínter testamentaria demuestra una difusa expectación en cuanto al Mesías. Se habla del Mesías de David, del Mesías de Leví, del Mesías de José y del Mesías de Efraín. Los Rollos del Mar Muerto añaden un poco de confusión al difícil problema cuando hablan del Mesías de Aarón y del Mesías de Israel.

Se puede decir que la esperanza sobre el Mesías en aquel entonces estaba dividida en dos conceptos principales:

 El primero mostraba un Mesías político, idea que se difundió mucho por los Salmos de Salomón (17:12). Estos hablan de un rey que viene a aniquilar a los tiranos, a destruir los imperios y a castigar a los paganos. Este rey fundará un reino que será el prototipo del Reino que Dios establecerá al fin de los tiempos. En los Apocalipsis de Esdras y de Baruc (4 Esdras 7:26; Baruc 29, 30 y 40) el rey destruye a sus enemigos y establece un reino perfecto.

 El segundo concepto presentaba un Mesías en parte humano y en parte divino que podría por lo tanto establecer el Reino de Dios sobre la tierra (Enoc 48:10 y 52:4).

La expectación del Mesías en el siglo I de nuestra era, por ser tan viva en el pueblo y en las principales sectas :esenios y fariseos, había hecho cada vez más insoportable la presencia de los invasores, tal es el caso que desde el tiempo de los Macabeos (160 a.C.) hasta la derrota de Bar Koseba (135 d. C.), hubo 60 revueltas de los judíos en Palestina, revueltas con diversos fines y calibres: dinásticos, políticos, sociales, pero casi siempre, con fondo apolíptico: “echar al extranjero para implantar el reinado de Dios”. Es por eso que la idea principal en el tiempo de Jesús fue de esperar un Mesías político que vendría a liberar a su pueblo. De tal modo que la persona del Mesías y su obra habían adquirido para ese entonces en la mentalidad judía, oscurecida por prejuicios racionales y religiosos, un carácter totalmente erróneo.

Los diversos conceptos con respecto al Mesías estuvieron en continua interacción; algunos esperaban un redentor del linaje de Leví, es decir un Mesías Sacerdotal, otros simplemente al Mesías Rey, de la línea de David, y otros tantos, al profeta que ha de venir, otros como los esenios esperaban más de uno (1QS 9:11), cuando Jesús aparece y comienzan a llamarlo Mesías, tiene ante sí el resultado de una mezcla de conceptos en la que predomina el del Mesías político.

Repetidas veces se ha afirmado que Jesús no tenía conciencia de que Él fuese el Mesías y que este título se lo adjudicaron sus discípulos después de su muerte. Esta afirmación se debe a la reserva con que Jesús recibe el título de Mesías. A través de los Evangelios Sinópticos solo hay tres ocasiones en las que conscientemente se le da el título de Mesías (Mc. 8.29; 14.61; 15.2), y en los tres pasajes se ve que, si bien no lo rechaza, tampoco lo adopta para su uso común. No lo hace, sin embargo, por no tener el derecho de usarlo, sino debido a la connotación política y vengativa que encerraba dicha distinción. Jesús prefiere llamarse el Hijo del Hombre que es también un título mesiánico, ya que Él es el SIERVO sufriente (Mc. 8:31; y 10:43–45). Tenía plena conciencia de su mesianismo, y por ello toma el nombre de una de las figuras esperadas por los judíos que se adaptaba más al papel que representaría en la pasión. Lo paradójico fue que Jesús, quien durante su ministerio manifiesta bastante reserva para usar el título de Mesías, legalmente es condenado por ser el Mesías (Jn 19:19).

Después de la resurrección, los discípulos entendieron la verdadera dimensión de la obra de Jesús, y solo entonces todas las palabras divinas les resultaron comprensibles (Lc 24:25–31). La afirmación de que “Jesús es el Mesías”, llega a ser una fórmula de declaración de fe (1 Jn 5:1). Los apóstoles comenzaron a dar el título de Mesías a Jesús para mostrar a los judíos que el Mesías esperado ya había venido. En Hch 2:36, por ejemplo, no se menciona la resurrección, sino más bien se acepta que el hombre de Nazaret fue declarado Mesías por sus obras y por la profecía cumplida por Él en su ministerio. Para los cristianos primitivos lo que más destacaba a Jesús como el Mesías no era su actuación como rey (Mt. 21:1–11), sino su actuación como persona poseída por el Espíritu Santo (Lc 4:18). Entre el Espíritu Santo y el Mesías hay una íntima comunión.

Cuando el título Mesías se saca del ambiente judío, pierde en parte su significado específico de Ungido de Dios y llega a ser un nombre propio de Jesús de Nazaret. Este nombre trasciende los siglos, y hoy el mundo entero conoce a su iglesia como la Iglesia de Cristo. Jesús de Nazaret fue ungido por el Espíritu del Señor como sacerdote (Zac. 4:14; 6:13), como profeta (Dt. 18:15; Hch. 3:22; 7:37). Jesús de Nazaret cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey. (He.1:1-4)

Cristo, es el título neotestamentario de Jesús de Nazaret, se deriva del griego Kristos, (Jristos)  que es el equivalente exacto del hebreo Mashiaj, pues también tiene el significado básico de «untar con aceite». Por tanto, el título Cristo enfatiza la unción especial de Jesús de Nazaret para el cumplimiento de su misión como el escogido de Dios. Es Kristos, “ungido”, que traduce como “Messiah", en la primera traducción bíblica de los textos sagrados hebreos, la versión de los setenta (Septuaginta, LXX).

Cuando los primeros seguidores de Jesús se referían a Él, le llamaban “Jesús el Mesías”, o en hebreo, “Yeshua ha-Mashiach”. «Mesías» o «Ungido» equivale a Kristos en griego; de ahí surge la forma castellana «Cristo». Siempre que al Señor se le da el nombre de «Jesucristo», se está afirmando una gran declaración: «Jesús, el Mesías».

Juan Salgado Rioseco


martes, 21 de junio de 2011

Concepto bíblico de la Enseñanza

El Cuerpo de Cristo (soma). Soma es la gran palabra de la iglesia que destaca las relaciones entre sus miembros. El apóstol Pablo fue el autor que más la empleó para expresar la relación que Cristo tiene con sus seguidores, y la relación entre los discípulos. Debido que Dios lo puso por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, y esta es la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. (Efe 1:23)


Por lo tanto, La imagen del cuerpo muestra la unidad de la Iglesia. Cada miembro se involucra con los demás a medida que van cumpliendo con la obra de Cristo en la tierra. No debemos intentar trabajar, servir ni adorar simplemente nosotros o en forma separada del Cuerpo de Cristo o con normas ajenas a la establecida por la cabeza de la iglesia: Jesucristo. Necesitamos todo el Cuerpo.

La enseñanza de esencial del Cuerpo (soma)en el Nuevo Testamento, hay solamente un solo cuerpo (Ef. 4:4). Como Cristo es uno y no se puede dividir (1 Co. 1:13), cada discípulo de Cristo tiene su lugar en el cuerpo del Señor (1 Co. 12:12). Esto significa identificación con Cristo y una solidaridad espiritual con los demás miembros del cuerpo. Cada miembro tiene su propio lugar en el cuerpo. Hay una dependencia mutua con los demás miembros del cuerpo (Ro. 12:6-8). Una vida plena y fuerte del cuerpo de Cristo es imposible si los miembros rehúsan cumplir sus propias funciones. El cuerpo de Cristo presenta la plenitud del Señor al mundo (Ef. 1:22, 23). El cuerpo crece a madurez y de esta manera es el instrumento de Dios para completar la obra de Dios en el mundo (Ef. 4:16).

Además es una comunión reciproca entre sus miembros. La riqueza de la koinonia sugiere una comunidad de personas que tiene en común su vida. Son compañeros y socios, listan juntos y comparten una vida espiritual en Cristo (Hch. 2:42, 44-40). Esta koinonia se expresa a través de sus dos dimensiones: La vertical y la horizontal.

La dimensión vertical de compartir con Cristo da la base para la dimensión horizontal de poder compartir con los demás discípulos su gracia (Fil. 1:7), el evangelio (1 Co. 9:23), la promesa (Ef. 3:6), su gloria (1 Pe. 5:1), el pan y el vino (1 Co. 10:16), el Espíritu Santo (Fil. 2:1), la naturaleza divina (2 P. 1:4), la participación de sus padecimientos (Fil. 3:10), y la vida misma de Cristo. Cristo mismo siendo la vida verdadera (Jn. 15). Koinonia expresa una profunda relación horizontal de amor entre hermanos.

Por lo tanto, Juan podía decir que nuestra koinonia "verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo" (1 Juan 1:3). Esta relación es la base de una verdadera koinonia entre los que seguimos a Cristo. Las características de koinonia son el "ser unánime", "sufrir con", "gozar con", "consolar", "edificar juntos" y "tener en común".

Entre el Cuerpo y la comunión se relacionan en forma integral en el cumplimiento de la misión de la Iglesia, de acuerdo a los delineamientos impuesto por Jesucristo, de ahí se establecen los objetivos y propósitos de cada comunidad que sirve al Jesús Cristo

Como mandamiento directo del Señor, es el cumplimiento de la misión pastoral establecido en lo que se denomina como la gran Comisión (Mt. 28:18-20; Mr. 16:14-18; Lc. 24:36-49; Jn. 20:19-23). Por tanto, el Cuerpo de Cristo tiene una doble misión: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” y “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones,…”, esto último con el propósito de “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado;…”, de estos mandatos nace el apostolado del Cuerpo de Cristo: “Como me envió el Padre, así también yo os envío.”

La evangelización y la enseñanza son los únicos mandatos de Jesús Cristo, cabeza de la Iglesia, toda otra actividad que puede asumir la iglesia es secundaria, nunca estas actividades secundarias pueden entorpecer las actividades primarias ordenadas por la autoridad de la iglesia.

La enseñanza bíblica es parte esencial de este mandato, la observancia de esta labor es ineludible dentro del Cuerpo de Cristo, omitirla es pecado delante de la presencia del Maestro y por ende, no estar haciendo la voluntad de Dios.

La enseñanza es la acción y efecto de enseñar (instruir, adoctrinar y amaestrar con reglas y preceptos), en lo que se refiere a la enseñanza cristiana, el núcleo central, son los mandamiento directos de Jesús, especialmente establecido en el Sermón del Monte (Mt. 5:3-7:23), las palabras del Maestro “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. (Jn. 14:5). La enseñanza se trata de un sistema y método de dar instrucción formada por el conocimiento, principios y conceptos que se enseñan a alguien.

¿Qué debemos enseñar? Lo establecido por la tradición apostólica. El termino tradición apostólica no solo denota aquellas cosas que los Apóstoles enseñaron a través de la Escritura, sino también aquellas cosas que ellos predicaron y enseñaron personalmente con inspiración divina, como así todas las regulaciones sobre la vida de la Iglesia por ellos decretadas. Nada de lo que los Apóstoles enseñaron contradice a las enseñanzas encontradas en sus escritos; sino, que ellas clarifican ambas, el significado de las Escrituras y el conjunto de la enseñanza de los Apóstoles. La anarquía e innovación son los únicos posibles resultados si se elimina cualquier parte de tradición apostólica. Porque es importante la tradición apostólica, fueron ellos los que organizaron y expandieron el cuerpo de Cristo, y es a través de los padres apostólicos que llevaron al cuerpo de Cristo a un sitial predeterminado desde el principio por el Maestro Jesús.

¿Quiénes deben enseñar? Todo discípulo de Cristo debe ser apto para enseñar, los motivos por los cuales los cristianos deben ser competentes o calificado en esta área son variados, en primer lugar estar siempre preparados para defender la fe (1 Pe. 3:15; Jud. 3), quienes no son capaces de transmitir la enseñanza de Cristo es una persona inmadura (He. 5:12), todo “siervo del Señor” debe ser “apto para enseñar” (2 Ti. 2:24), los padres deben ser aptos para enseñar a sus hijos. (Ef. 6:4; 1 Ti. 3:14).

Los ancianos o líderes del cuerpo de Cristo deben ser irreprensibles en la área de la enseñanza, “apto para enseñar”, esto no solo significa calificado para ejercer la enseñanza, sino también a lo que se enseña (1 Ti. 1:10), si alguno enseña otra cosa y no se conforma con la sana enseñanza de nuestro Señor Jesucristo no debe ser un anciano o líder del cuerpo de Cristo (1 Ti. 6:3-5).

En cumplimiento de lo anterior, el Cuerpo de Cristo debe organizarse de acuerdo a sus dos mandatos primarios, la evangelización y la enseñanza de acuerdo a lo ordenado por el Maestro Jesús, la evangelización del mensaje del reino y los preceptos bajo la ortodoxia del cristianismo.

Juan Salgado Rioseco


viernes, 29 de abril de 2011

Guerra espiritual, desde la perspectiva Paulina (II)

El pasaje bíblico donde iniciaremos la perspectiva paulina en el tema se cuenta entre los más conocidos de toda la Escritura y en él, el apóstol Pablo no escribe acerca de la demonización, sino de la guerra espiritual entre el poder del diablo y el de Dios en la vida de los creyentes.

La convicción de que Efesios 6 es el manual para la guerra espiritual victoriosa, como lo expone el movimiento guerra espiritual, no constituye algo nuevo en nuestra época. A lo largo de la historia de la iglesia, los creyentes, tanto teólogos como laicos, han buscado ayuda en este pasaje, principalmente en los momentos en que todos los poderes del infierno parecían haberse desatado contra ellos. Los padres de la iglesia mencionaban de continuo Efesios 6. Si hojeamos los índices de la Escritura en busca de los escritos de los padres prenicenos, nicenos y postnicenos, descubriremos cuán a menudo acudían a dichas palabras de Pablo. También los grandes teólogos puritanos comentaban con frecuencia este capítulo de Efesios.

En Efesios 6.10–20 Pablo concentra todas sus enseñanzas sobre el tema. Aquí tenemos la aplicación práctica de todo lo que el apóstol ha estado diciendo en Efesios hasta el momento, es parte decisiva de la parénesis a la que ha estado apuntando el resto de la carta. Pablo comienza su presentación con las palabras: La expresión «por lo demás» va seguida de tres imperativos: «fortaleceos» (v. 10); «vestíos» (v. 11); y «tomad» (v. 13), los dos últimos se refieren a la armadura de Dios. Destacan la necesidad de que el hombre de Dios necesita la ayuda divina para resistir los embates de Satanás; unidos a «por tanto», une la principal exhortación del versículo 14, en referencia global del versículo 12, que actúa como una explicación del carácter del adversario y no a modo de elemento central en el desarrollo de Efesios 6.10–20. El imperativo «estad firmes», v. 14, se puede considerar como la exhortación principal de este pasaje. El consejo de que adquieran fortaleza y capacitación divinas no lo ha dado el autor como un fin en sí mismo. Esa fortaleza es necesaria para un propósito particular: que el creyente sea capaz de estar firme contra las «potestades» malignas y pueda resistirlas con éxito (vv. 11, 13, 14). El «estad firmes» de este versículo se convierte por tanto en el mandamiento central del pasaje. El texto prosigue con los imperativo en participio “ciñendo”, “vistiendo”, “calzando” y “tomando” (14-16), unidos al verbo imperativo “tomad” (13) dependiendo principal pensamiento: “Estad, pues, firmes” (14)

Después de rogar a los creyentes que se fortalezcan en la fuerza y el poder del Señor poniéndose la armadura de Dios, Pablo presenta las razones en los versículos 11 y 12, dice que:

1. Necesitan «estar firmes contra las asechanzas del diablo» (v. 11d).

2. No se enfrentan a enemigos humanos (v. 12a).

3. Luchan contra una jerarquía seres sobrenaturales que han infiltrado por completo los cielos y ejercen gran control sobre la tierra (v. 12b).

El «estad firmes» del versículo 14 es una repetición de los dos anteriores (vv. 11b, 13b), y refuerza la idea de que es el mandato principal en torno al cual gira todo lo demás.

El planteamiento va dirigido contra el diablo y sus poderes (11, 12), como lo hace en forma similar en Efesios 4:27. El título que más emplea para referirse al diablo es «Satanás»; y también usa «el maligno» en el presente pasaje (v. 16) y en 2 Tesalonicenses 3.3. En 2 Corintios 11.3 lo llama «la serpiente», y «el dios de este siglo» en 2 Corintios 4.3, 4. Luego lo denomina «Belial» en 2 Corintios 6.15 y «el tentador» en 1 Tesalonicenses 3.5. Además, tenemos todos los términos de poder que identifican a los principados y potestades, y que incluirían también al diablo al ser éste el supremo principado.

Pero no sólo nos enfrentamos al diablo, sino que hemos de habérnoslas asimismo con sus asechanzas (6.11). «Asechanzas» es la traducción del término griego methodeía, que siempre se utiliza en sentido negativo en el Nuevo Testamento. Vine dice que significa: “[ … ] astucia, engaño (metá, después, hodós, lejos), ardid, estratagema; en Efesios 4.14 se traduce por «artimañas» (del error)[ … ] (con miras al) arte (singular) del engaño. La idea detrás de methodeía es el engaño.”

El versículo 12 es sin duda uno de los más notables de toda la Biblia sobre la guerra espiritual. Pablo dice que luchamos contra principados y potestades de alto rango y una maldad absoluta. «lucha» en griego es pále, un término que sólo aparece esta vez en el Nuevo Testamento. En Efesios 1.21, hizo una quíntuple clasificación de esos poderes: principado, autoridad, poder, señorío y nombre. A continuación, en el 4.8, se refirió a la «cautividad», es obvio que también un concepto de poder perverso. Luego, en Efesios 3.10, Pablo menciona a «los principados y potestades», y en el 4.27 habla por primera vez del diablo. Ahora, en Efesios 6, el apóstol reúne al diablo (v. 11), el maligno (v. 16) y los principados y potestades (v. 12). Por vez primera afirma de un modo claro lo que había estado diciendo tácitamente: que nuestra batalla contra el diablo no es contra él en persona o de forma individual sino sólo a través de los ataques que nos lanza por medio de los principados y potestades cósmicos malignos de alto rango. Por último, el apóstol dice que nos encontramos en guerra con las pneumatikà tês ponerías en toîs epouraníois, «(huestes) espirituales de maldad en las regiones celestes». Los creyentes tienen que estar preparados para enfrentarse a todas las fuerzas malignas en la batalla.

Después de describir la vestimenta de un soldado y su armadura, Pablo, relaciona la oración en el Espíritu y la preocupación constante hacia los demás creyentes y él mismo como medio de victoria en el evangelio, como el hincapié que hace en el versículo 10, “... fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza.”

Pablo, en sus escritos considera que el cristiano se encuentra inmerso en una guerra espiritual, entre Dios y el Diablo y sus potestades, para eso, el hombre de Dios debe estar constantemente preparado y listo para enfrentar las asechanzas del enemigo en el día malo, para que cuando termine siga firme en la fe. Las armas para enfrentar esta lucha son: la verdad de Cristo, la justicia de Dios, el evangelio de la paz, la fe, la salvación, y la palabra de Dios, además de la oración, condiciones que el genuino cristiano debería tener en todo momento. Por lo tanto no es necesario de dar demasiado enfasis y adoctrinamiento a las personas para enfrentar al Diablo y sus potestades, principados, debido que es obligación de todo cristiano estar “Vestíos de toda armadura de Dios” en todo momento y lugar, desde los días de nuestro Señor Jesucristo hasta los actuales el cristianismo se encuentra en la “Operación Salvación” con la ayuda del Espíritu Santo, con la finalidad del que cree en Jesús sea salvo, y pueda entregársele las armas necesarias para que sea un victorioso en el Señor.

La cosmovisión de guerra espiritual se encuentra en la victoria de Jesucristo en la cruz, la seguridad del cristiano se encuentra en creer en Jesús, el fundamento de la fe se encuentra en la resurrección del ungido de Dios, la victoria del creyente se encuentra en permanecer en el constante conocimiento de Dios, para poder resistir al Diablo. Con Cristo somos más que victoriosos.

Juan Salgado Rioseco



Guerra espiritual, desde la perspectiva Paulina (I)

Han surgido tendencias dentro del movimiento Protestante, que dan énfasis a una constante guerra entre las fuerzas del bien y las fuerzas demoniacas, lo han denominado Guerra Espiritual. La vehemencia de sus actuaciones, sus estereotipos, sus formas y estilo muy peculiares nos preguntamos: ¿Es Bíblico tal posición?, ¿Qué dice las Sagradas Escrituras sobre este tipo de manifestaciones o énfasis?


Es necesario dar respuesta bíblica a este tipo de fenómeno, debido a que un gran porcentaje de los creyentes sienten una atracción y han desviado su fe de los verdaderos fundamentos de la doctrina cristiana, en pos de posturas subjetivas. A través de las cartas pastorales de Paulo, en especial basado en Efesios capitulo Seis, trataremos de encontrar la verdadera perspectiva de la guerra espiritual bíblica, la que podremos cotejar con los postulados del movimiento Guerra Espiritual. Este estudio esta destinado para los creyentes que fundamentan su fe en la interpretación bíblica más correcta, de acuerdo a normas de exégesis aceptadas normalmente como la más adecuada. Con el objeto de tener la seguridad que la denominada guerra espiritual, como se presenta en la actualidad, no es más que un énfasis de ciertos pasajes bíblicos, sacados de contexto, cambiando el sentido de las Escrituras.

Aunque en nuestros días se escribe mucho acerca de la guerra espiritual, la Iglesia es aún básicamente ignorante del mundo de los espíritus, esta ignorancia resulta más pronunciada en los movimientos pentecostales, ya que ellos basan su fe, en la experiencia personal, basada en las manifestaciones del Espíritu Santo. La guerra espiritual se inicia con un supuesto: “el mundo espiritual es una cosmovisión que se encuentra en conflicto permanente entre las fuerzas del bien y del mal.” La definición operativa más elemental es: La cosmovisión tiene que ver con «las suposiciones básicas de uno en cuanto a la realidad». Donde las creencias y el comportamiento de las personas, en ese orden, están basados en sus cosmovisiones, sean o no conscientes de ello, siendo más explícito, cada individuo esta influenciado por el medio que se desempeña y por el acercamiento cultural o visión que tenga de las Escrituras o del naturalismo.

Las interrogantes que plantea el movimiento de guerra espiritual, para las que no hay respuestas adecuadas disponibles son: ¿Pueden estar endemoniados los verdaderos cristianos? Y en tal caso, ¿qué debemos hacer para liberarlos?. ¿Qué puede hacer Satanás, por medio de sus demonios (Efesios 6.10–20) contra los creyentes verdaderos? ¿Pueden ser dañados por los demonios? ¿Puede Satanás lastimar física, emocional e incluso espiritualmente a los cristianos? ¿Puede matarlos?. ¿Y qué de nuestras iglesias?, se preguntan. ¿Tienen capacidad los espíritus malos para infiltrarse hasta posiciones de autoridad y acabar con el fluir del Espíritu y con sus dones? ¿Pueden falsificar los dones del Espíritu Santo? ¿Cómo es posible reconocer y derribar tales fortalezas demoníacas?. ¿Cuál es el lugar del campo sobrenatural maligno en la evangelización? ¿Hay príncipes espirituales malvados de alto rango que gobiernan en ciertos territorios? ¿Pueden oprimir y controlar a los individuos, las comunidades, los pueblos e incluso las naciones hasta el punto de que la Palabra de Dios no eche raíces sino que sea rechazada o expulsada?.

Las premisas donde fundamentan sus enseñanzas son: “los líderes cristianos deben aprender de nuevo lo concerniente al mundo espiritual; reformular sus enseñanzas concernientes a la problemática entre el bien y el mal; y la batalla entre la verdad y el error fue una de las principales dimensiones de la guerra espiritual con la que se enfrentó Pablo a lo largo de todos sus años de ministerio, y subyace a toda crítica de aquellos que deforman el verdadero evangelio de gracia”. La dimensión de la guerra espiritual vista de una cosmovisión bíblica, la dividen principalmente en seis dimensiones que afectan a la guerra espiritual: una cosmovisión espiritual, la cosmovisión del teísmo, la revelación de la cosmovisión, la cosmovisión Trinitaria, la cosmovisión redentora y la cosmovisión de guerra espiritual

Existe un estado de conflicto cósmico-terrenal o guerra espiritual permanente. En términos filosóficos, en el universo existe un dualismo modificado. El reino de Dios y el reino sobrenatural maligno libran un feroz combate entre sí. El dualismo absoluto afirma que la verdadera realidad es eternamente dualista: que el bien y el mal siempre han existido y siempre existirán. El dualismo bíblico es un dualismo modificado: la realidad presente existe en un estado de dualismo, pero no fue así en un principio, ni lo será en el futuro. La opinión de la Escritura es: «En el principio… Dios… » Entonces no había mal, ni fuerza opositora, sólo Dios, y Él es bueno. Luego Dios creó seres morales, llamados ángeles, y los colocó en su reino. Aún no había dualismo. Ellos obedecían a su voluntad. Sin embargo, en algún momento del pasado secreto, tuvo lugar la rebelión dentro del reino angélico. El dualismo había nacido. El mal entró en el reino de Dios dividiéndolo en dos diferentes, el reino de Dios y el de Satanás. Esta es la visión, para ellos, que da la Biblia del lejano pasado, este sería el origen y el principio de la guerra espiritual.

Por medio de sus cartas, Pablo expone la mayor parte de las doctrinas principales que integran la fe cristiana; incluyendo las verdades acerca de la guerra espiritual en general y el mundo de los espíritus en particular. El apóstol escribe más acerca de los poderes sobrenaturales perversos y de la guerra con los espíritus malignos que ningún otro de los escritores del Nuevo Testamento.

Dios Santo y el Pecado (Parte VII)

El Servidor de Dios no debe quebrantar la Ley del Eterno y Santo para ser victorioso en la lucha contra el pecado. “ Ahora bien, ¿debe...